Acción | Drama | Escenas

Escenas: “Amores perros” (2000)

Ciudad de México: un fatal accidente automovilístico afecta trágicamente a tres personas. Octavio (Gael García Bernal), un joven adolescente, decide fugarse con Susana, la esposa de su hermano; el Cofí, su perro, se convierte en el medio para conseguir el dinero que necesitan para poder escapar juntos.

Al mismo tiempo, Daniel, un hombre de 42 años, deja a su esposa y a sus hijos para irse a vivir con Valeria, una hermosa modelo. El mismo día en que ambos festejan su nueva vida, el destino hace que Valeria sea víctima del trágico accidente.

Reconozco que Alejandro González Iñárritu no es santo de mi devoción. Parte de su filmografía reciente está plagada de fatalismo inverosímil y de un tremendismo depresivo de lo más deleznable (“Biutiful” es la joya de la corona en este aspecto). Sin embargo, rescato “Amores perros“, su ópera prima, que aunque ni mucho menos es una obra maestra sí funciona como drama sucio y sórdido de un México delictivo y corrupto. Sin duda, la historia mejor construída y más interesante es la primera interpretada por el ya consolidado Gael García Bernal. Tanto la segunda parte con Valeria (Goya Toledo) (la cual chirría cosa mala en la trama) como la de Daniel (Emilio Echevarría) no acaban de convencer.

La escena que a un servidor más le gusta del film es el inicio. Un arranque contundente, directo y desgarrador firmado con un estilo convulsivo que busca el realismo (y el caos de la situación) mediante la cámara en mano, un montaje adrenalítico, un gran uso del sonido, una velocidad deudora del mejor Scorsese (“Uno de los nuestros“) o Tarantino (“Pulp Fiction“) y que consigue atrapar el espectador sin darle un minuto de respiro. Tres vidas entrecruzadas mediante un accidente. Disfrútenla.

Xavi Darko

Hastiado de los klingons y trolls que proliferaban en mi escuela secundaria, acabé mudándome a Tatooine, un lugar libre de trekkies en donde a pesar de los cansinos Tusken, abundaba el buen tiempo, el mercadeo y las carreras de vainas. La paz y la tranquilidad reinaban hasta que un buen día quedaron quebrantadas por la irrupción de un tipo peculiar cuyo perfil se ajustaba al de los tifosi radicales del AC Milan. Se hacía llamar Darth Maul y entre hostia y hostia me rebeló que era mi padre. Como buen desertor sith, decidí migrar a un planeta verde y fértil llamado Endor del cual fui posteriormente desterrado debido al incendio masivo de cabañas de unos cada día más insoportables ewoks. Sin ganas de más mamoneo intergaláctico, decidí volver al mundo real y escribir sobre cine, tanto del que adoro como del que aborrezco. Cuando me jubile espero vivir en Hill Valley y escribir críticas positivas de las cintas de Uwe Boll.

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