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Escenas: “Scream” (1996)

scream_posterVarios asesinatos en serie están aterrorizando a la pequeña comunidad de Woodsboro (California). El asesino, con la inteligencia propia de un depredador, emplea su amor por las películas de terror para convertir la zona en un auténtico infierno: aprovecha sus conocimientos del género para asustar a sus víctimas, engañar a la policía y burlar a sus perseguidores. En un pueblo donde nadie está seguro y todo el mundo es sospechoso, Sidney (Neve Campbell) deberá desenmascarar al agresor antes de sufrir la misma suerte que su madre, asesinada justo un año antes.

Hablar de “Scream” es hablar de resurgimiento del slasher, un subgénero de terror nacido a mediados de los años 70 que rebentó taquillas gracias a su potente combinación de violencia y sexo. Sus principales fuentes de inspiración son Alfred Hitchcock (concretamente “Psicosis”), Michael Powell (“El fotógrafo del pánico”) y el giallo italiano de Darío Argento y Mario Bava (con “Bahía de sangre” a la cabeza). El elemento esencial dentro de este tipo de cine es un (o en ocasiones varios) sádico asesino enmascarado que, guiado por el deseo de venganza hacia quienes le provocaron una tragedia o humillación, desata una auténtica sangría. Aunque los más conocidos tienen rasgos sobrenaturales, estos pueden ser personas de apariencia totalmente normal cuya perversa mente maquina y ejecuta un plan diabólico. Los psicópatas que habitan en este tipo de productos ocultan su rostro bajo una máscara o disfraz e incluso pueden presentar algún tipo de desfiguración facial (como por ejemplo Jason Voorhes, Freddy Krueger o Leatherface). Sus asesinatos se producen de manera rápida (no buscan torturar a sus víctimas) usando siempre armas blancas (cuchillos, machetes, sierras eléctricas o hachas) y las víctimas suelen ser adolescentes habitualmente descerebrados que merecen perecer a manos del matarife.

Scream” es una saga que especialmente me gusta por su particular desarrollo a lo largo de las entregas. Si la primera parte supone un slasher -con generosas dosis de sirope de fresa pero extremadamente light en cuestiones sexuales-, repleto de referencias cinéfilas y algo más serio (dentro de una propuesta claramente desvergonzada), en las tres secuelas siguientes entra en juego la metaficción con “Stab” (la adaptación cinematográfica de lo ocurrido en la primera parte) y ese ejercicio tan sano llamado autoparodia/autorreferencia. Incluso ironiza con las reglas que jamás se deben romper dentro de este tipo de cine (no tener sexo, no beber ni drogarse y no pronunciar las palabras “Enseguida vuelvo”). Otro de los aspectos que más me gustan de esta franquícia es cómo Craven usa la tecnología (y como ésta evoluciona a lo largo de las entregas) como vehículo para atemorizar a las víctimas. Desde teléfono (un recurso tomado prestado de otros films como “Llama un extraño” (1979) o “Las tres caras del miedo” (1963)), vídeo (esa inteligente aparición de Jamie Kennedy en “Scream 3” o las grabaciones del asesino en plano subjetivo de “Scream 2”), móvil, fax e internet de la trilogía original, hasta la webcam, el streaming y las redes sociales de la reivindicable cuarta entrega. Fue tal el éxito de esta saga que revitalizó el subgénero con una buena hornada de films -algunos mejores que otros- a finales de la década de los 90, principios de los 2000: “Sé lo que hicisteis el último verano”, “Leyenda urbana”, “Cherry Falls” (la cual bebía claramente de “Vestida para matar” de Brian De Palma), “Un San Valentín de muerte” y otros productos híbridos como “Comportamiento perturbado”, “Destino final”, “Rumores que matan” o “The faculty”. Incluso España también apostó por este tipo de cine con la olvidable “El arte de morir”. El guionista del film, Kevin Williamson, a parte de la saga “Scream” firmó algunos libretos más para películas del estilo como las citadas “Sé lo que hicistéis el último verano”, “The faculty”, “Cursed (La maldición)” y además dirigió la muy estimbale “Secuestrando a la Srta Tingle”.

Todas los prólogos de la saga son verdaderamente brillantes, pero si hay uno que destaca por encima de todos es el de la primera “Scream” (1996). Mediante un macabro juego peliculero, ghostface reta a una superada Casey (Drew Barrymore) definiendo así las bases sobre las que se asentará la saga: factor sorpresa, subidas de volumen un tanto efectistas, un asesino sin piedad, una importante dosis referencial y ketchup a mansalva. La bolsa de palomitas funciona como metáfora de la situación (durante las llamadas va creciendo, como la tensión, y al final cuando todo está fuera de control, arde). El film no inventa nada nuevo, pero pocos slashers noventeros tienen su calidad y encanto. Os dejo con los estupendos trece primeros minutos de la película, en calidad HD 1080p y con audio castellano. Espero que la disfrutéis.


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