Cine de autor Drama Escenas

Escenas: “El nuevo mundo” (2005)

Año 1607. John Smith (Colin Farrell) es un capitán inglés que llega en una expedición a las costas de Virginia con la intención de quedarse y explorar el lugar. En una misión de reconocimiento será apresado por los indios nativos, enfadados por el asentamiento de los colonos. Smith salvará su vida gracias a la intervención de una muchacha (Q´Orianka Kilcher), con la que iniciará una historia de amor.

El recientemente galardonado en Cannes Terrence Malick nos regalaba en 2005 otra de sus obras profundamente reflexivas y de gran calado visual. La cinta, como el resto de su filmografía, se caracteriza por una estilizada puesta en escena, una búsqueda incesante de la belleza a través de la imagen en donde el preciosismo gana la batalla a la historia. Tal como ocurría con su anterior película, la colosal “La delgada línea roja“, Malick nos habla de una barbaríe desde el interior haciendo un retrato psicológico de pensamientos e inquietudes -con un gran uso de la voz en off- bajo un marco que engrandece el poder infinito de la naturaleza y su comunión con el hombre. Mención especial al excepcional trabajo fotográfico (en esta ocasión a cargo del mexicano Emmanuel Lubezki), con dos tipos de tonalidades bien diferenciadas: por un lado la selva virgen y esplendorosa, por otro el campamento gris y deprimente de los ingleses. Un trabajo de nivel similar al alcanzado por el gran John Toll en su anterior cinta.

Os dejo con el inicio de la película (en su extended cut) en HD y en VOSE. Un inicio prácticamente mudo y con un montaje a ritmo de “Das Rheingold” de Richard Wagner -como buena invasión que es-, que nos cuenta en imágenes entre otras cosas el agua que discurre como prueba del fluir de la existencia (a nivel metafórico), el descubrimiento mútuo de civilizaciones ajenas, el miedo a lo desconocido, el fin de la libertad individual, el ansiado nuevo mundo o la simbiosis existente entre naturaleza y ser humano. Escenas con un poder visual innegable que evocan al cine de Flaherty, Kubrick, Renoir o Murnau entre otros.

Una cinta con tantos fans como detractores que para un servidor resulta una propuesta tremendamente arriesgada e hipnótica, exquisita en su forma y más interesante de lo que parece en su contenido. Más bien estamos ante una experiencia visual y auditiva que ante un film al uso, como toda la obra de ese genio llamado Malick. Pura poesía visual, puro cine sensorial.


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