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Crítica: “La mejor oferta” (Giuseppe Tornatore, 2013)

moferta_posterEfímera esperanza:

Siempre hay algo auténtico oculto en toda falsificación.

Virgil Oldman (Geoffrey Rush) es un hombre solitario; un excéntrico experto en arte y agente de subastas, muy apreciado y conocido en todo el mundo. Su vida transcurre al margen de cualquier sentimiento afectivo hasta que conoce a una hermosa y misteriosa joven (Sylvia Hoeks) que le encarga tasar y vender las obras de arte heredadas de sus padres. La aparición de esta joven, que sufre de una extraña enfermedad psicológica que la mantiene aislada del mundo, transformará para siempre la vida de Virgil.

Un servidor siempre ha sido devoto del mejor Tornatore. Algunos califican su cine de sentimentaloide y otros afirman que ofrece siempre la misma película (supongo que refiriéndose a sus emotivos films de época), pero nada más lejos de la realidad. Revisando su filmografía encontramos cintas tan peculiares y recomendables como “La leyenda del pianista en el océano” (esa rara avis con un sensacional y melancólico Tim Roth), “El hombre de las estrellas” (irregular aunque no exenta de momentos remarcables), su interesante debut “El profesor” sobre la camorra italiana, esa singular road movie llamada “Están todos bien”, “Malèna” (en su versión uncut ya que fue bastante recortada por Miramax en su estreno internacional), el estupendo thriller “Pura formalidad” con enormes actuaciones de Depardieu y Polanski, la hitchcockiana “La desconocida” o la imprescindible Cinema Paradiso (incluyendo el montaje del director “Nuovo cinema paradiso“): todo un canto de amor al cine.

En “La mejor oferta” (segunda película que rueda en inglés), el cineasta italiano reúne a un elenco internacional de renombre para contarnos una trama detectivesco-romántica repleta de elementos fascinantes pero con errores que lastran un film que podría haber sido extraordinario. La acción arranca en un restaurante de etiqueta supuestamente en Italia (aunque jamás se da una ubicación exacta). Allí se encuentra Virgil (Geoffrey Rush), como siempre, solo y observado por todos. Es su cumpleaños, faltan apenas unas horas, y los camareros le ofrecen champagne y una tarta de almendras, pero prefiere no celebrarlo antes por superstición. No está en un terreno en el que se sienta cómodo, su lugar está en la sala de subastas. Allí, se mueve como pez en el agua ofreciendo obras, detectando falsificaciones y coordinando las apuestas. Parece afable, simpático e incluso cercano, pero la realidad es bien diferente. Estamos ante un personaje maniático, obsesivo, hipocondríaco (no toca nada ajeno sin sus guantes), desconfiado, visceral, perfeccionista y solitario, que jamás ha conocido la felicidad.

Su hogar resulta frío y desolador. Una enorme casa repleta de lujos y habitaciones vacías que se alimentan de sombras y corazas sentimentales. Pero si la vida o las circunstancias no le han dado la posibilidad de adquirir una felicidad natural, ¿por qué no comprarla? pensaría el bueno de Virgil. Sólo hay una cosa que consigue “llenar” su vacío afectivo: una sala secreta (y acorazada) cuyas paredes esconden valiosas obras de arte, todas ellas retratos de mujeres. En una escena majestuosa y filmada con mucho tacto, Tornatore recorre toda la habitación mostrando la enfermiza (por cantidad) colección de Virgil como si de algo extremadamente íntimo y personal se tratara. De alguna forma al compartir dicho museo privado con el espectador, en una escena que se toma su tiempo, hace que entendamos mejor el complejo carácter excéntrico del personaje y el significado que tendrá en su desenlace. Sin embargo, todo ese repertorio de cuadros de incalculable valor no ha sido conseguido pujando de forma lícita. Su peculiar “habitación del amor” es producto de años de timos, inmoralidad y mentiras, que junto a su socio Billy (Donald Sutherland) ha ido perpetrando.

Virgil Oldman (Geoffrey Rush) admirando su particular colección de arte, en una escena majestuosa e íntima.

Virgil (Geoffrey Rush) admirando su colección privada en una escena majestuosa e íntima.

Un buen día, una misteriosa joven contacta con él encargándole tasar y vender las obras de arte heredadas de sus padres. Deberá acudir a una vieja mansión para hacer el inventario y comenzar a poner precio a los objetos que se hallan en ella. Ya de entrada su instinto le dice que no será un trabajo habitual y no se equivoca. Tras días cuya única comunicación entre ambos es vía telefónica o a través de un casero, el peculiar experto en arte logra descubrir el porqué de tanto misterio. La joven se oculta tras las paredes de la casa, reclutada en una habitación secreta cerrada bajo llave, debido a una enfermedad llamada agorafobia (miedo a los espacios abiertos). A pesar de las dificultades iniciales, poco a poco el tasador y la chica se irán familiarizando e intimando, sobre todo desde el momento en que el servicio de conserjería deja de acudir para traerle comida y demás cosas que pueda necesitar ella. Virgil se siente responsable de esa pobre chica enferma. No puede abandonarla a su suerte y ahí empieza una relación profesional que mutará hacia terrenos sentimentales. Por una vez en su vida tiene alguien de quien preocuparse y no sólo de sí mismo.

Para aquellos que todavía no hayáis visto el film, comentar que a partir de aquí hay importantes spoilers que destripan la trama. En las primeras inspecciones a la casa, el sr. Oldman descubre en el mugriento sótano una pieza de un engranaje que le llama especialmente la atención. Pero no es el objeto en sí lo que despierta su curiosidad sino su contradicción (la parte superior -la que no está en contacto con el suelo húmedo- es la contiene óxido). A medida que pasan los días, irá encontrando sendas piezas que definen la figura o aparato al que pertenecen. Parecen ser parte de un autómata de Jacques de Vaucanson, lo cual dispararía su precio una barbaridad (recalcar que esta obra es totalmente fictícia pero basada en los primitivos robots que el citado inventor francés desarrolló en el siglo XVIII, como el flautista, el tamborilero o un pato que poseía incluso aparato digestivo mecánico). Todas estas piezas que encuentra Virgil, se las lleva a su amigo Robert, un mecánico de confianza que le ayudará a resolver el misterio y de paso le aconsejará en temas amorosos.

Y aquí tenemos el primer elemento que chirría dentro de la trama: el citado personaje de Robert, encarnado de forma correcta por Jim Sturgess, actor que peca de ofrecer casi siempre la misma actuación independientemente de la película que sea. Resulta poco creíble no sólo el personaje sino todo lo que le rodea. Cuesta creer que personas de posición tan dispar como el señor Oldman (un tipo al que no le gusta demasiado el trato humano) y este mecánico humilde hayan alcanzado tal nivel de confianza, superando incluso la que tiene con su supuesto mejor amigo de timos: Billy (Donald Sutherland). Luego están los pequeños detalles que ayudan a definir a Robert como un personaje amable, ligón y conquistador como por ejemplo que el 99,9% de sus clientes sean mujeres (y ninguna se va sin darle un beso, por supuesto) con las que se permite el lujo de flirtear aún teniendo novia o que en todo el film jamás cobra los encargos ni siquiera a una persona tan adinerada como Virgil. Se desconoce así a bote pronto qué es lo que sustenta su economía, pero bueno, viendo que todas sus clientas le invitan a cenar no parece que suponga un excesivo problema para el guionista (sic). Todos esos enredos amorosos podrían ser parte de un plan, pero es sólo una suposición vista la ambigüedad en la que se mueve el libreto. Su personaje está construido de forma algo torpe, estereotipada y a la postre resulta inverosímil. A parte, si el espectador se fija y es mínimamente hábil, se dará cuenta de que todas y cada una de las veces en las que el personaje interpretado por Geoffrey Rush da un giro a la historia (o mejor dicho, la hace avanzar hacia cierto terreno) son producto de las ideas y consejos de Robert. Demasiadas pistas para mi gusto.

La mejor oferta

Una habitación secreta separa a dos almas solitarias y atormentadas.

Volviendo al personaje de la mujer misteriosa, poco a poco irá llenando ese vacío sentimental (e incluso existencial) que tiene Virgil. Ambas son dos almas solitarias y atormentadas cuyos miedos internos quedan proyectados en su comportamiento arisco y huidizo. Personas que viven ancladas en un bucle rico en obsesiones, infelicidad y patética comodidad por no atreverse a dar el paso y cambiar sus desaprovechadas vidas. En ambos casos, su “vida” se halla en una habitación secreta y personal que jamás debe ser compartida ni descubierta por nadie.

Tornatore presenta a Claire (Sylvia Hoeks) como una mujer de carácter claramente bipolar pero a la vez sensible y sumamente frágil. Gracias a ello consigue descolocar por completo al bueno de Virgil, enternecerlo y posteriormente enamorarlo. Por primera vez conocerá el amor, se enfadará, se reconciliará y descubrirá la pasión y la nostalgia. Y por supuesto, ya sin su coraza, se sentirá vulnerable y humano, en un terreno que no domina y en el que su perfección e inteligencia quedarán nubladas. Progresivamente irá sustituyendo sus manías y obsesiones por un amor surgido en extrañas circunstancias pero incondicional, que significará el desenlace de ese egoísmo tan arraigado. De ella, únicamente conocemos su voz, su carácter y su enfermedad. En una estrategia de misterio verdaderamente hábil, el cineasta italiano durante la primera y sensacional hora de “La mejor oferta” presenta y desarrolla un personaje oculto tras la cámara que, como objeto de deseo prohibido, acabará siendo descubierto. Hubiera sido verdaderamente arriesgado (y muy encomiable) ocultar el personaje a lo largo de todo el metraje, pero eso sería una jugada demasiado suicida en estos tiempos que corren de cine masticado e impaciente.

Desde el instante en que ella irrumpe en pantalla, la historia empieza a llenarse de twists no siempre afortunados que desvelan una historia cogida demasiado con pinzas. Poco a poco ella irá ganándose su confianza hasta el punto de superar más o menos su enfermedad y mudarse a vivir con él. Allí, Virgil le enseñará por primera vez su particular museo del amor. Un acto de fe y confianza que demuestra el tremendo giro que ha dado su vida.

La enorme tela de araña para tramar el timo es bastante rocambolesca e incluso inverosímil por momentos pero no por ello exenta de diversión y entretenimiento. Vayamos por partes. Para cometer un robo o timo al mayor de los expertos en falsificaciones necesitaban a una persona de su más cercana confianza que conociera su secreto más preciado (que es el leit motiv del asunto): la sala llena de obras maestras. No hace falta decir que nos estamos refiriendo a Billy (Donald Sutherland), el afable colega de las subastas. Un pintor frustrado que es ninguneado por el propio Virgil en repetidas ocasiones. De hecho una de las frases de la película es “El amor por el arte y saber sujetar un pincel no te convierten en artista. Necesitas un misterio interior y eso, mi querido Billy, tú no lo has poseído nunca.”. De hecho, el citado Billy recupera aquel cuadro de ocho millones para de alguna forma consolidar la confianza con Virgil (algo resentida últimamente) ya que sabe que todavía tiene más valor todo aquello que le va a robar. Él junto a Robert y su auténtica novia (Claire) juegan con los sentimientos más puros de su víctima con el fin de encontrar ese preciado tesoro oculto. El mayordomo tiene un papel más secundario dentro del timo. Sus funciones se reducen a abrir y cerrar puertas, transmitir mensajes y colocar en el maletero del coche de Virgil un localizador. La enana del bar de enfrente que posee un dominio increíble con los números, es la verdadera dueña de la mansión. La alquila normalmente a gente del cine, pero también a Robert, el ingeniero de su artilugio para subir y bajar en el bar, que durante 18 meses ha ido trayendo muebles. Curiosamente en la escena en que Claire le da el pasaporte a Virgil para que copie sus datos en los papeles, dicho documento pertenece a la enana (la foto es de cuando era niña).

La mejor oferta

Robert (Jim Sturgess) completa el rompecabezas del autómata y aconseja a Virgil en temas amorosos.

Resulta paradójico que uno de los grandes maestros en autentificación y detección de obras falsas sea objeto de un engaño total a ese nivel. Pero queda más o menos justificado porque, como he dicho anteriormente, su personaje se mueve en un terreno en el que jamás ha transitado. Su inseguridad y temor a la hora de abordar relaciones sentimentales hacen que su eficaz instinto (y ese especial sexto sentido del que hace gala al inicio del film) quede resentido. Y aquí, Tornatore jugando a ser un mago como Orson Welles en “Fraude” (1973) -salvando las distancias, claro-, demuestra que todo puede falsificarse. Desde la alegría, el dolor, el odio, la enfermedad, la recuperación… hasta el amor. Incluso el cine es pura falsedad.

De regreso tras su última subasta en Londres, Virgil descubre que Claire no está en casa. Pregunta a sus mayordomos pero no saben nada. Ya ha recibido el cuadro que prometió enviarle su amigo Billy. Cuando se dispone a guardarlo en su habitación privada que se esconde tras el zapatero, descubre que ha sido robado. Todos sus tesoros, esos valiosos retratos de mujer que tanto ha observado e incluso “amado” han desaparecido. Ha sido despojado de todo bien sentimental y material. Un castigo que lastrará el resto de su vida y le condenará al más oscuro de los ostracismos. Pero la sala no está vacía del todo. Robert le ha dejado el autómata completo con una frase suya grabada en sonido mecánico (guiño al giallo), a parte de la dedicatoria detrás del cuadro de Billy que es toda una declaración de intenciones, ya que se trata del cuadro de la bailarina pero con el retrato de su amada, demostrándole que sí era un buen pintor. Dos elementos que personalmente creo que sobraban ya que subrayan en exceso una trama no tan compleja de hilar por parte del espectador y no necesitada de pistas extra ni explicaciones masticadas. Algo más sutil y elegante hubiera quedado mejor.

Todo aquello que llenaba a Virgil como persona, no existe físicamente. Pero su nostalgia tornará en obsesión hasta el punto de acudir a Praga (narrado en un flashback ¿imaginario?) y esperar un milagro en el (ficticio) café “Noche y día” (local supuestamente diseñado por Robert y en donde Claire se enamoró de éste). Un lugar fascinante repleto de relojes de época, que representa metafóricamente el estado del personaje. Anclado en el pasado, negándose a despertar, esperando a su amada eternamente. Solo, siempre solo.

La mejor oferta

El café “Noche y día”, un lugar que te transporta a través del tiempo y que funciona como metáfora para definir al personaje de Virgil.

Su mejor apuesta ha resultado ser una obra adulterada. Un sentimiento prefabricado. Una mentira sin escrúpulos. Un fatal desenlace de los acontecimientos. Pero él, seguirá creyendo que había algo auténtico en esa falsificación.

La mejor oferta” es una cinta de regusto gótico dotada de una fotografía de Fabio Zamarion y una música de Ennio Morricone fabulosas, cuya trama detectivesco-romántica está repleta de elementos fascinantes pero a la vez aquejada de algunos problemas (el inverosímil personaje de Robert, ciertos subrayados innecesarios, no confiar plenamente en el espectador) que lastran a un producto que podría haber sido extraordinario. Tornatore ofrece una primera hora magistral repleta de misterio y exquisito suspense hitchcockiano que muta en un sinfín de giros argumentales -no siempre afortunados- terminando con un twist final que (a diferencia de algunos) personalmente me gusta. Sobre todo por ese tono tan descorazonador y melancólico, mostrando a ese pobre Virgil Oldman que recuerda inevitablemente al no menos maldito Danny Boodmann de “La leyenda del pianista en el océano”.


Título original: La migliore offerta.
Año: 2013.
Duración: 131 min.
País: Italia.
Director: Giuseppe Tornatore.
Guión: Giuseppe Tornatore.
Música: Ennio Morricone.
Fotografía: Fabio Zamarion.
Reparto: Geoffrey Rush, Jim Sturgess, Sylvia Hoeks, Donald Sutherland, Philip Jackson.
Productora: Paco Cinematografica / UniCredit / Warner Bros.
Trailer HD 1080p:


6 Comentarios

6 comentarios

  1. Laica

    05/01/2014 at 16:37

    Estaba muy interesada en saber si ese cafe precioso con relojes , todo tan magico, existe y donde queda.
    Y de no existir, como lo rodaron? donde?
    Gracias!

  2. Xavi Darko

    07/01/2014 at 21:22

    El café “Noche y día” que aparece en el film, es fictício y fue diseñado por el personaje de Robert. Lo explico en la crítica.

    De nada, un saludo! 😉

  3. matias

    22/07/2014 at 02:36

    Hola, quería saber de que escenas se deduce que Claire y Robert son pareja y que él mismo ha diseñado el café de Praga.
    Gracias.

  4. Xavi Darko

    24/08/2014 at 06:28

    Hola matías.
    Tendría que revisionarla para recordar exactamente qué pistas me hicieron llegar a esa conclusión, aunque quiero dejar constancia de que no hay pruebas explícitas de ello, por tanto, es una teoría personal al respecto, tan válida como cualquier otra.
    Un saludo! 😉

  5. Roberto Hidalgo

    31/12/2014 at 18:21

    Anoche 30 de diciembre vi la película, la cual me cautivó. Los primeros minutos me parecieron lentos pero necesarios como introducción a la temática. Se podría pensar que TODO fue maquiavélicamente planeado para acceder al tesoro? Por ejemplo, cuando Virgil es atacado en la calle por tres personas y Claire sale en su ayuda?

  6. Carlos Toledo

    19/05/2015 at 17:06

    “Hay algo auténtico en toda falsificación”, pero lo real no viene de lo que se intenta plagiar, si no de la mente y corazón del estafador. Bien se mencionaba en la película que la tentación de plasmar aunque sea sólo una pincelada de nuestra propia esencia en lo que hacemos es casi inevitable. Yo concuerdo con ese planteamiento y enciende en mí una luz interesante de razonamiento al intentar entender el alma humana. Parte de la estructura basal del hombre se centra justamente en la ‘singularidad”, la cual se manifiesta como una fuerza que ha hecho que evolucionemos constantemente como civilización. Las artes, las ciencias y hasta las más gloriosas conquistas militares, nacen de una primera fuerza o ignición: nuestra trascendencia como individuos únicos e irrepetibles. Por favor no confundir con soberbia o vanidad, me refiero a la sublime compulsión natural a buscar el sentido de nuestra existencia.
    No creo que en vano el autor haya nombrado a su protagonista Virgilio (Virgil en inglés), quien aparte se ser uno de los más grandes poetas de la Roma antigua, fue el precursor, maestro y guía del Dante en su viaje por el infierno, el purgatorio y el cielo que se narra en la obra cúspide de la literatura italiana: “La divina comedia” de Dante Alighieri.
    En la película, Virgil vivió y envejeció amparado en miedos y paradigmas sin sentido y al conocer a Claire – casi en el ocaso de su vida -, descubrió que el amor real por alguien valía muchísimo más que cualquiera de sus logros. Esto se ve reflejado cuando rechaza agendar varias subastas importantes sin dudar ni un sólo segundo, o bien cuando rompe el catalogo de las obras de la supuesta herencia familiar de Claire, cuando ella le informa de su arrepentimiento de venderlas.
    Virgil encontró un enorme tesoro en su amor a Claire y lo frustra no poder compartirlo. Él no la delata porque pese a todo la ama intensamente y prevalece en él la dulce esperanza de que algún día regrese a su lado.
    El Night and Day representa la pincelada de verdad que le dejó Claire al ejecutar su magistral falsificación. Ella le dijo que había sido feliz en ese lugar y Virgil nunca quiso dudar de ello, por eso viaja a Praga, no sólo con la secreta esperanza de encontrarse con Claire, sino, principalmente, buscando retener y absorber un poco de la felicidad que su amada haya podido haber dejado en el “éter” de ese espacio.

    “Mas vale vivir sólo un día de amor intenso que morir luego de mil años de apatía” (Carlos Toledo)

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