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Escenas HD: ‘Revolutionary road’ (2008)

RR_poster_2La escena y el texto de este post contiene spoilers sobre la trama. Aquellos que no hayan visto la película, avisados quedan.

Años 50. Frank (Leonardo DiCaprio) y April (Kate Winslet) se conocen en una fiesta y se enamoran. Ella quiere ser actriz. Él sueña con viajar para huir de la rutina y experimentar emociones nuevas. Con el tiempo se convierten en un estable matrimonio con dos hijos que vive en las afueras de Connecticut, pero no son felices. Ambos se enfrentan a un difícil dilema: o luchar por los sueños e ideales que siempre han perseguido o conformarse con su gris y mediocre vida cotidiana.

Arranca la mañana. Todo resquemor y malestar parece haber sido borrado del mapa. Tan extraño como perturbador, pero paradójicamente ilusionante. Las discusiones y las malas formas han mutado en un inusitado cariño y amabilidad. En una ternura que aunque impuesta merece una nueva oportunidad. Quizás con esfuerzo, respeto y constancia se logre avivar ese atisbo de esperanza. Sin embargo todo es un juego de máscaras, una burbuja prefabricada que demuestra la falsedad y la hipocresía del american way of life. De esa perfección tan irreal y ridícula que pretenden vendernos acerca de la típica familia acomodada de los suburbios. De esa “apacible” cotidianidad llena de aflicción subterránea.

Todo ese dolor, esa impotencia, esa destrucción emocional y personal que ha sufrido April (Kate Winslet) a lo largo de estos años, explota de forma drástica y violenta en una escena que contrasta una elegancia superlativa y una composición de planos absolutamente exquisita con unas imágenes que hielan la sangre. Una escena sumamente poderosa, que deja al espectador con el corazón en un puño y que demuestra una vez más la maestría de Mendes a la hora de narrar sin palabras, de expresar algo trascendental a través de la potencia visual (recordando al final de otra de sus obras maestras “Camino a la perdición“, sobre todo por el uso de la luz natural y del estudio milimétrico que tienen los encuadres).

Mendes llena los planos apostando por la fisicidad de su protagonista femenina. Arranca con sus manos, prosigue con sus pies para luego presentarnos a April realizando la acción. La cámara va adoptando distancia proporcionalmente a la complejidad/gravedad de la situación. Finalmente el personaje, a las puertas de la liberación definitiva, observa el mundo que está a punto de abandonar, ese al que ya no pertenece. Ese que le hace sentir constantemente culpable e infeliz. La sangre recorriendo el vestido y avanzando por la tela de forma tan vertiginosa como lo hace la depresión y la inestabilidad emocional que padece April, hacen de la escena algo realmente espeluznante.

No sólo la composición y el encuadre son perfectos, como he afirmado anteriormente, sino también el tiempo que dedica el citado director británico al plano dejando constancia de la trascendencia del acto. Dejando claro al espectador que ese y no otro es el plano que debe durar más en todo el film. El momento que va a cambiarlo todo.

Mendes, que ya había rellenado el plano con Winslet (cuyo sufrimiento la carcomía inevitablemente), poco a poco va vaciándolo otorgando una importancia esencial a ese ventanal abandonado y a esa sangre que yace en el suelo representando el efímero (y quizás utópico) sueño americano y las consecuencias catastróficas que suponen la desestructuración de una pareja.


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