Se abre el grifo de la lujuria para dar paso a la muerte. Todo parece idílico y perfecto, pero el destino recorre sendas tenebrosas. El pecado original junto al azar puede dar paso a la tragedia.
La escena es la clara representación del ocaso de la felicidad. De la culpa y el placer. Del dolor y la condena. De la injustícia y el sufrimiento. Sin obviar la importancia de las figuras de los tres mendigos sobre el escritorio y sus respectivos destinos (uno es indiferente ante la pérdida, el otro se autodevora y el último se descubre una y otra vez).
Ella (Charlotte Gainsbourg) extirpa la propia naturaleza de su semilla, del presente y del futuro, prescindiendo de su función vital y entregándose a un mundo donde la autodestrucción, la pérdida y la revelación parecen ser el sentido de una vida (o antivida) sin lugar para la redención.
Dentro del irregular film de Lars Von Trier “Anticristo“, nos encontramos con esta pequeña obra maestra que es el prólogo, el cual marca un equilibrio perfecto entre lenguaje visual y sensitivo. Una escena que dura apenas 5 minutos, y ya contiene mucho más cine que el resto del film.
Imágenes tremendamente poderosas que rezuman poesía cinematográfica, con un estilización y un uso de la cámara lenta impecable que unido al adecuado corte musical de Händel elevan la escena a algo casi metafísico, siendo una de las más estremecedoras de los últimos años.
Os dejo con la memorable secuencia (sin lugar a dudas lo mejor de la película):