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Crítica: “The world” (Jia Zhang-Ke, 2004)

the-worldSe es capaz de ver el mundo sin necesidad de dejar Pekín

Dejando atrás las grandes presiones y la premura que acarreaba la clandestinidad de sus rodajes, el cuarto film de Jia Zhang-Ke alcanzó al fin la aprobación de la comisión de censura del estado y por primera vez, un film suyo podría proyectarse en salas del país, abandonando definitivamente el mercado ilegal como única vía a nivel nacional para poder visionar sus obras.

Existía una incertidumbre sobre si Zhang-ke se había traicionado a sí mismo, si había abandonado su posición de enfant terrible y cabeza visible de una generación de cineastas puramente underground, pero nada más lejos de la realidad. El hecho de que el film fuera, como lo define Valerie Jaffe, “adoveground[1] únicamente se ha apreciado en un proceso de producción más estable y regular, dedicando el tiempo necesario para rodar escenas sin aquellas presiones y prisas de antaño [2]. El resultado habla por sí solo.

Jia Zhang-Ke, tras sus relatos provinciales en “Xiao Wu“, “Platform” o “Placeres desconocidos“, ahora retrata el mundo urbano del Pekín actual, una ciudad sumida en una economía agresiva producto de un capitalismo impuesto, que mira más hacia el exterior que a los problemas inherentes.

El World Park, es un parque temático ubicado en la ciudad que reproduce a escala los monumentos más importantes de los cinco continentes desde el Bin Ben hasta el Tak Majal y contiene decenas de espectáculos y atracciones para atraer a la multitud. El lugar es todo apariencia, un mundo de cartón-piedra, un sueño visual y físico al que los provincianos caen rendidos cegados por su grandiosidad y falsa elegancia, impulsados por el deseo consumista de poseer, porque en el fondo el parque es una clara metáfora de que el mundo se ha convertido en algo cien por cien consumible.

Como bien apuntaba Zhang-Ke en su entrevista para Senses of Cinema, “En la sociedad china está llena de momentos que parecen un show” y eso queda claramente reflejado en el film (existe una clara crítica a ese poder mediático, a esos mass media). Todos los espectáculos de música, las luces de neón omnipresentes y todo ese colorido realzan, aún más si cabe, la idea de falsedad que engloba a un parque y por extensión a el país, porque en lo que se refleja el país (el mundo occidental) es en donde se refleja el propio parque, que actúa como clara metáfora en la trama. Es a lo que aspira Pekín en la actualidad (y China por extensión) a imitar a los otros gigantes asiáticos como Corea del Sur o Japón, transgrediendo su lado rural y tradicional.

El parque es como una isla entre un mar de desolación, como una burbuja ajena a la problemática colindante. Es la representación física del capitalismo, como una apología al consumismo desenfrenado.

Hay claramente dos mundos que continuamente chocan, pugnan por salir victoriosos: el que quieren vender (el aparente), totalmente artificial, que podría considerarse casi como virtual, y el real. El mundo globalizado y de folleto de agencia de viajes, y el mundo tristemente real y que pretende ser ocultado. Pero ninguna apariencia es suficiente para contrarrestar algo tan grave como la injusticia, el enorme desempleo o la apatía generalizada de una juventud que vislumbra un futuro lleno de incertidumbre.

Allí en el parque, trabaja Tao (Zhao Tao), una bailarina que forma parte de los espectáculos llenos de color, la cual percibe, como el resto de trabajadores del parque, un sueldo miserable aunque, por su indumentaria y maquillaje, aparente ser de una clase superior a la media. Tao mantiene una relación con un guardia de seguridad del parque llamado Taisheng, la cual discurre entre la imposibilidad y la incomunicación, asimismo únicamente encuentran una conexión posible en forma de sms o mediante un acto trágico.

En el World Park también ejerce tareas como bailarina Wei, cuya relación con Niu, está basada casi en el acoso, en un control absoluto por parte de él, un uso de la tecnología para coartar libertades. Únicamente podrán unirse y comunicarse tras un acto trascendental.

Como en las anteriores películas de Jia, en “The World“, las relaciones amorosas parecen destinadas al fracaso, a la imposibilidad de las mismas. Y él mismo lo define a la perfección: “Cuerpos desesperados en suspensión, atrapados en un cortocircuito comunicativo”.

En dichas relaciones se percibe desconfianza, desesperanza, en donde se pueden ver claras influencias del cine de Antonioni (cintas como “La noche” (1961)), uno de sus directores de referencia, en la representación de esa soledad, de la alienación, del vacío existencial-amoroso y sobre todo de la incomunicación.

Personajes en busca del encuentro, fantasmas en un mundo de incomunicación, viviendo separados pero juntos, que no logran alcanzar ese estado comunicativo y afectivo necesario. Únicamente esa incomunicación y tensión es aliviada por la tecnología.

Y ahí entraría la vital importancia del móvil en la trama, en concreto los mensajes de texto (sms), que por momentos, parecen ser el único canal de conexión posible entre ambas almas suspendidas en ese mundo. Los sms son la representación de la esperanza, de que lo virtual ha ganado la batalla a toda conversación hablada o presencial, una esperanza a que todavía hay una vía para el entendimiento, aunque sea mediante el substitutivo electrónico.

El estilo de anteriores films del realizador, muy minimalista, contenido y sobrio es quebrantado (de forma justificada) aquí, justamente por los momentos en los que los personajes reciben los sms, dando paso a unas animaciones que enfatizan esa forma de comunicación virtual y casi fantástica, como algo que rompe la realidad y ese éxtasis por el atisbo de un optimismo. Ya casi dado por perdido el sentimiento corporal casi se conforman con la comunicación electrónica. Únicamente habrá contacto real con dos actos clave: la muerte o una unión.

Existe también un claro rechazo a todo pasado o tradicionalismo. No hay lugar para cualquier pasado ni tampoco para el amor en ese nuevo mundo virtual que está siendo levantado ladrillo a ladrillo.

Otro elemento característico de su cine es la omnipresencia de los medios de transporte que se mueven en las fugas que se crean entre los cuerpos y el mundo que les rodea, en los cuales (avión, tren, autobús) siempre se da algún tipo de comunicación regida por la instantaneidad (sms).

En el film también tiene una enorme importancia, como en toda la obra de Jia, el papel de la música. Dejando de lado ya únicamente el uso de la música diegética de sus primeras obras, que normalmente eran temas más cercanos al pop y al rock, en este caso opta por concederle un protagonismo mucho mayor a las melodías electrónicas o a las canciones. Para el score de corte absolutamente electrónico y singular, contrató a Lin Giong, colaborador de Hou Hsiao-Hsien en films como “Goodbye south goodbye” (1996) o “Millennium Mambo” (2001) y que a partir de este film formaría parte del equipo habitual de Jia Zhang-Ke. Música para acentuar ese estado de extrañeza de la sociedad, vinculada a los estados de ánimo de los personajes, la virtualidad y el look futurista de esos paisajes fabricados.

El film está lleno de canciones que, como ocurre en toda la filmografía del director chino, son usadas para hacer una crítica feroz a ese gobierno (por no decir seudo-régimen) que somete a sus ciudadanos a esos cambios tan bruscos y de consecuencias tan desagradables. A parte de ello, sirven para unir a una comunidad, que aunque hable diferente lengua y sean de culturas dispares, existe posibilidad de entendimiento. Jia nos habla del poder de la canción, de su universalidad y de que no hay más barreras que las impuestas por su país. La escena hacia el final entre Tao y su amiga rusa hablan por si sola. Cómo Zhang-Ke mediante una canción consigue hacer lo que “el mundo” parece prohibirles: comunicarse, ayudarse, emocionarse.

A parte de la problemática en las relaciones, en el film podemos ver también las dificultades de la gente por aclimatarse a una gran urbe, los cuales vienen de las provincias engañados pensando que conseguirán un buen trabajo de forma fácil y lo que se encuentran es básicamente una terrible realidad: la construcción, con un índice de siniestralidad absolutamente brutal y devastador. En muchas ocasiones trabajando de forma clandestina, véase la muerte producida en el film por trabajar en la construcción una vez ha anochecido. En el caso de algunas mujeres al encontrarse en esa situación tan desconcertante y de extrañeza absoluta, acaban prostituyéndose o en el mundo de la droga.

Los trabajadores del parque no viven mucho mejor que los inmigrantes recién llegados, con salarios precarios, una falta de intimidad considerable, como abandonados, casi destinados a la soledad más absoluta, la cual supone el único estado en que parecen sentirse menos incómodos y en el que alcanzan una pequeña pero placentera libertad.

Tras utilizarlo al rodar el documental “In Public” (2001) y en su anterior largometraje “Placeres desconocidos” (2002), Jia Zhang-Ke vuelve a confiar en el digital, en este caso rueda el film con HDV (video digital de alta definición) y ello dota a la película de unos colores ciertamente de corte futurista, un look propio casi de una cinta de ciencia-ficción. Esos pasillos, los vestidos, los espectáculos, los edificios, etc… tienen cierto aire posmoderno, mostrando un mundo tan frío y distante similar (salvando las evidentes distancias) a los de películas como “Blade Runner” (1982), de Ridley Scott o “Gattaca” (1997), de Andrew Niccol, por ejemplo.

El HDV es una herramienta que además de poder conseguir esa textura en la imagen tan interesante como desnaturalizada, al cineasta chino le ayuda también para atrapar a sus personajes en esos 2 mundos en un tiempo en suspensión y trabajar con el mismo. Podemos percibir esa tensión totalmente palpable de sus escenas, de sus momentos, con unos personajes, podríamos decir, flotantes, en órbita con ese mundo de falsedad pero incapaces de conseguir aterrizar y avanzar hacia delante. El formato digital ayuda a acentuar esa imagen falsa y Zhang-ke logra mantener una cierta distancia con lugares, situaciones y personajes. El film posee un ritmo y estructura narrativa muy conseguida (lineal pero de forma fragmentada) y unos hallazgos visuales en forma de metáforas, elipsis o para resaltar la sensibilidad de los personajes, realmente acertados.

El mundo” no es más que una gran representación teatral en donde la gente son actores circunstanciales afectados por las luces de unos fuegos artificiales que no deberían engañar ya a nadie. Lo triste es que esa representación transcurre en el mundo real.

[1]Extracto de la entrevista a Jia Zhang-Ke en el website Senses of Cinema.
[2] Pasó de rodar en 19 días “Placeres desconocidos” (2002) a en 65 días “The World” (2004).


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