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Crítica: “Tarzán” (Kevin Lima & Chris Buck, 1999)

Alguien me ha comentado que sería una buena idea hacer una película animada de “Tarzán”. Si alguna vez nos lo proponemos en serio, el resultado final debe ser de la calidad de las producciones Disney” (E.R. Burroughs, 1936)

Tras el naufragio de la nave que los conducía por las costas de África, un matrimonio y su bebé sobreviven. Con el tiempo construyen su hogar y hacen vida en en la isla. Pero la apacible tranquilidad será rota por el ataque de Sabor, un leopardo de la zona, dejando al niño huérfano. El pequeño será rescatado por Kala, una gorila que recientemente perdió a su cría, asesinada también por el felino.

Kala cuidará de Tarzán y lo criará como si fuera suyo, a pesar de las reticencias del gorila líder de la manada, el temible Kerchak. Enseguida es admitido por el grupo y juegan con él como si se tratara de otro simio más (en donde sus mejores amigos son el gorila Terk y el elefante Tantor), aunque pronto se dará cuenta de que él es diferente al resto y único entre todos los animales del lugar.

Pasan los años y Tarzán se ha convertido en un joven aguerrido que continúa teniendo el cariño de Kala, la amistad de Terk y Tantor, y la desconfianza y rechazo de Kerchak. Cierto día, Tarzán en un duelo a muerte con Sabor, el leopardo, demuestra ante los suyos que se ha convertido en un auténtico guerrero, capaz de tener tanta fortaleza, carisma y liderazgo como el mismísimo Kerchak. El líder de la manada y “padre” de Tarzán queda gratamente sorprendido, pero cuando parecía vislumbrarse en sus ojos un ápice de aceptación, se oyen dos estruendosos disparos. La civilización ha llegado al mundo salvaje y Tarzán, repleto de confianza y autoestima, siente una inevitable curiosidad por lo desconocido.

Acaba por establecer contacto con Jane, una joven inglesa que ha viajado hasta allí junto a su padre para estudiar a los gorilas. Pero el jefe de la expedición, el temerario Clayton oculta otras intenciones bien diferentes. Pronto el hombre mono se dará cuenta de que esos extraños visitantes son iguales que él y deberá tomar la decisión más importante de su vida: Quedarse en su hogar junto a aquellos que le han criado y querido o bien partir rumbo a Londres con los de su especie.

Una família llega a una isla tras un naufragio.

Antes de la versión animada de la Disney, el amigo Tarzán ya había saltado de liana en liana en la gran pantalla en bastantes producciones algunas mejores que otras. A destacar la primera versión de todas llamada “Tarzán o el hombre mono” (Scott Sidney, 1918), de la cual Disney homenajea en esta versión las facciones de Elmo Lincoln en el retrato que hace del hombre mono; y algunas interpretadas por el más famoso de los tarzanes y actor de dudosa calidad Johnny Weissmuller como “Tarzán de los monos” (W. S. Van Dyke, 1932), la más erótica “Tarzán y su compañera” (Jack Conway & Cedric Gibbons, 1934), la muy interesante “Tarzán y su hijo” (Richard Thorpe, 1939), la que sirvió de inspiración a James Cameron y Sylvester Stallone para su primer Rambo “El triunfo de Tarzán” (William Thiele, 1943) o la surrealista “Tarzán y la fuente mágica” (Lee Sholem, 1948), uno de los títulos híbridos más divertidos de toda la saga.

Luego, ya sin Weissmuller como Tarzán, llegarían obras como “La gran aventura de Tarzan” (John Guillermin, 1959) con Gordon Scott como hombre mono y Sean Connery como villano (para muchos la mejor película del personaje creado por Burroughs), la estimable y ambiciosa “Greystoke: La leyenda de Tarzán[1] (Hugh Hudson, 1984), con Christopher Lambert (recientemente recuperado gracias a Claire Denis) en el rol principal, además de otros bodrios monumentales como la horripilante “Tarzán, el hombre mono” (John Derek, 1981), en donde los animales actuaban mejor que los humanos, y la telefilmesca “Tarzán y la ciudad perdida” (Carl Schenckel, 1998) con un Tarzán de lo más lamentable y una de las peores Jane que ha sufrido un servidor.

Tras salvarla de una estampida de mandriles, Tarzán analiza a Jane.

El que esto suscribe siempre ha sido un ferviente admirador de la animación 2D clásica desde sus años más mozos. Es cierto que la animación digital en 3D (sobre todo gracias a la incombustible Pixar) le ha ganado terreno en los últimos años, pero a muchos nos apenaba ver como Disney dejaba de producir cintas de dibujos al estilo clásico hasta su recuperación con la reciente “Tiana y el sapo“. Quizás una de las últimas que ha realizado que aúna ritmo, emoción, factura de gran calidad y una música a cargo de Phil Collins extraordinaria es la (por lo general) infravalorada “Tarzán“, el largometraje animado número 37 de la factoría Disney, la cual fue capaz de superar el nivel ofrecido en la mejorable “Mulan“. Esta adaptación de la novela de Borroughs es la única que cuenta con el beneplácito de la familia del escritor, el cual -como demuestra su frase al inicio de esta crítica- concebía a su personaje únicamente capaz de ser plasmado mediante la animación.

El film se inicia con un prólogo a ritmo del magnífico tema musical “Two worlds“, en donde podemos comprobar un trabajo de síntesis brillante. En apenas tres minutos y gracias a un montaje trabajadísimo, observamos el paralelismo entre dos familias (humanos y gorilas) que comparten lugar y desgracia (comparando la muerte de los padres de Tarzán con la de la única cría de Kala, en ambos casos a manos del mismo verdugo). Escena que aúna de forma colosal imágenes y música, con una economía de planos para quitarse el sombrero. Mención especial a los encadenados usados sabiamente sobre todo en la presentación de Sabor el leopardo (un ojo para el sol y otro para la luna), ya que será el que rompa esos mundos perfectos y el que los una mediante la desgracia.

¿Abandonará Tarzán su hogar dirección Londres?

Tras una primera media hora sensacional con tres momentos sensacionales a destacar (a parte del prólogo) que serían el precioso tema “You’ll be in my heart” (donde Kala cuida de Tarzán), el momento musical en donde Tarzán pasa de niño a hombre (otro ejemplo de asombrosa economía fílmica) y el enfrentamiento del mismo con Sabor el leopardo erigiéndose al fin como sustituto natural de Kerchak, su “padre” y líder del grupo de primates. A partir de ahí llega el hombre a la isla con Jane, su padre y el malvado Clayton a la cabeza, y el film combina escenas de corte más familiar (peaje obligado en este tipo de productos) con el simpático y divertido tema “Trashin’ the camp” con otras verdaderamente asombrosas como la de Jane escapando de los mandriles, el primer contacto entre ella y Tarzán (donde cobra sentido el saludo que hace con la palma de la mano, encontrando al fin otra como la suya) o la emotiva despedida entre éste y Kala con esa gran frase de “Vaya donde vaya, siempre serás mi madre“.

Pero quizás la escena más memorable de esta segunda mitad sea la de la enseñanza de Tarzán mediante la brillante canción “Strangers like me“, en donde en apenas 4 minutos y de nuevo con una comunión entre imagen y música ejemplar, se nos narra como Tarzán aprende la lengua de esos visitantes tan parecidos a él, expresando a la perfección las enormes inquietudes por aprender más y más sobre un mundo que desconocía hasta entonces. No menos importante son las nuevas sensaciones que siente, descubriendo algo extraño y nuevo para él llamado amor, los sentimientos más allá de la amistad o el cariño familiar.

De la parte final, dejando de lado su desenlace un tanto edulcorado aunque perdonable viendo el target de esta obra, me quedo claramente con SPOILER la muerte de Clayton que accidentalmente se queda colgado entre unas lianas, la cual se muestra mediante el reflejo en la pared a la luz del relámpago FIN SPOILER evitando de forma sutil y elegante una escena demasiado fuerte para la Disney (y para sus menudos espectadores).

Kala entrando en la casa de la familia de Tarzán.

El Tarzán que presenta la Disney es un ser imperfecto extrañamente entrañable, con sus equivocaciones y sus inquietudes como cualquier ser humano, que fluye y se desliza por la selva como si formara parte de ella o fuera parte de un todo. La armonía entre él y el lugar es absoluta. En él no existe la maldad y ése es el origen de su aparente ingenuidad, pero en él radica algo que lo diferencia del resto de animales que conviven con él: el perdón, la comprensión, la lealtad, la responsabilidad. El tiempo le enseña la lección más importante de la vida: no debemos ningunear el aprecio ajeno, debemos estar con aquellos que nos quieran. Tarzán ha nacido para ser un líder diferente de como lo fue Kerchak, es decir, alguien que no ordene de forma totalitaria sino acompañe, que sepa escuchar y atender, que ejerza como máximo ejemplo a los más pequeños y que sea capaz de aceptar a los demás (Kerchak por temor sobreprotegía en exceso a la manada).

Técnicamente la película es un prodigio, así de claro. El detalle de los paisajes, el uso de la luz con esos maravillosos sombreados y contraluces, el colorido, los reflejos en el agua y el novedoso “deep canvas” dejan constancia de la calidad en la factura de esta producción a medio camino entre el 2D y el 3D. El “deep canvas” es una técnica en donde vemos como Tarzán se mueve por las lianas y los árboles a una velocidad vertiginosa como si de un windsurfista se tratase, moviendo la cámara alrededor de un fondo, en lugar de sólo hacerlo frente a un espacio bidimensional. Una técnica que parece como si los animadores tuvieran una steadycam a mano, ya que por lo general son planos secuencia.

La belleza plástica de la cinta es incuestionable.

En el apartado musical estamos ante una de las mejores bandas sonoras que ha dado Disney en los últimos años. El talento de Mark Mancina en el score (compositor apadrinado por Hans Zimmer y de la escuela Media Ventures) y sobre todo de Phil Collins -gran músico recientemente retirado- en las canciones (tanto compone como canta), ofrecen un trabajo de un acabado excepcional en donde potencian el lado emotivo de la cinta con temas de una fuerza musical indudable, combinando alegría y ternura. La fórmula empleada por Disney recuerda a la que tuvieron con “El rey león“, otra soundtrack inolvidable, con Hans Zimmer como autor de una partitura magnífica y con canciones no menos sensacionales de Elton John.

Tarzán” es un cinta injustamente infravalorada (incluso diría que hasta olvidada) que merece ser recuperada y revisionada como dios manda. Un film que goza de una animación de primera, una economía de planos asombrosa, un ritmo que cuando parece decaer resurge sabiamente y en donde aventura, acción, tragedia, romance, diversión y emoción se combinan de una forma dosificada e impecable. Otra obra de Disney en donde la imagen y la música coexisten en una comunión perfecta. Eso si, no cometáis el error de verla doblada, pierde muchísimo, sobre todo cuando suenan los temas de Phil Collins.

[1] En el film de Hudson, el personaje de Andy McDowell fue doblado en la versión original por Glenn Close. Curiosamente, dicha actriz también participa en esta versión de Tarzán a cargo de la Disney, poniendo voz a Kala, la “madre” de Tarzán.


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