Clásicos Criticas Drama

Crítica: “Marty” (Delbert Mann, 1955)

marty_posterEL BÁLSAMO DEL LOSER:

He estado buscando una chica todos los sábados por la noche de mi vida“. Marty Pilleti (Ernest Borgnine).

A pesar de sus esfuerzos, Marty (Ernest Borgnine), un carnicero del Bronx de 34 años, aún no ha perdido su timidez e incomodidad al tratar con las mujeres. Él es un hombre honesto, bondadoso, tímido, inseguro, sensible, poco agraciado físicamente e hijo de una familia humilde de ascendencia italiana. El hecho de ser el único de su familia soltero le hace sentirse desplazado y marginado de alguna forma por su entorno social, el cual no hace más que apremiarle en lo referente a casarse y encontrar una mujer (desde los clientes de su carnicería hasta su madre, aconsejándole y avergonzándole en público) que solo consigue aturdirle y hastiarle. A estas alturas se siente incapaz de encontrar una novia y para olvidar opta por refugiarse en la ociosidad como forma de supervivencia a su ardua cotidianeidad.

Marty es la antitesis del prototipo de hombre ideal (tanto física como socialmente), sin un rumbo sentimental fijo, el cual ha aceptado ese estado en su vida, su fracaso y se esconde en el ocio y en las amistades de problemática adyacente para evitar sufrir. “¿Para qué seguir buscando si solo recibo a cambio heridas?“, pensaba él.

Así estaban las cosas cuando una noche de sábado al volver -obligado por su madre- a la sala de baile del barrio, sorprendentemente conoce a Clara (Betsy Blair), una solitaria maestra, inteligente, sensible y que parece su alter ego femenino, su viva imagen, como si se tratara de almas gemelas. Ella queda tan prendada de él, como Marty de ella.

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Marty y Clara son dos losers a la deriva (suponen claramente una antitesis del término triunfador social), en busca de ese afecto tan necesitado. Dos almas anónimas incomprendidas y desplazadas por no seguir el modelo típico social, que mutuamente se ayudarán a salir de esa desgracia sentimental continuada llenando sus respectivos vacíos emocionales y su necesidad afectiva tan castigada por la ausencia prolongada de ésta. Se iniciará así una relación forjada en la comprensión, el respeto, la sinceridad y el cariño. Marty al fin parece alcanzar la felicidad (encontrando ese amor tan anhelado) aunque no todo el mundo a su alrededor comparte su alegría (la relación de su hermano se tambalea -haciendo que su relación con Marty sea más irritante- y a su madre le empiezan a entrar infantiles celos y cierto rechazo ante su posible futura marcha). Y cuando su familia y amigos comienzan a poner continuos reparos a su relación con Clara, incluso Marty empezará a cuestionarse su nuevo amor, pero luchará con coraje para seguir el camino que le marca el corazón.

El film retrata el ambiente del Bronx neoyorquino de un grupo de fracasados inmersos en plena crisis de los 30-40 de forma más o menos acertada. Se tocan de refilón temas como el ocio nocturno (y por consiguiente, el sexo), aunque nunca para manchar la imagen impoluta de nuestro antihéroe. Y a ello ayuda la estupenda labor fotográfica en B/N de Joseph LaShelle (el cual también trabajó – excelentemente- en films como “Laura” (Otto Preminger, 1944), “El apartamento” (Billy Wilder, 1960) o “Irma la dulce” (Billy Wilder, 1963)), desde los interiores -brillantemente iluminados- (la casa de Marty o la sala de baile) hasta esas calles nocturnas neoyorquinas por donde deambula la gente.

Delbert Mann, un cineasta proveniente de la televisión, en su debut trasladó a la pantalla grande su éxito televisivo homónimo -en aquella ocasión con Rod Steiger encarnando a Marty- de nuevo con guión de Paddy Chayefsky, con el que años posteriores volvería a coincidir en films como “La noche de los maridos” (1957) o “En mitad de la noche” (1959), e imprime al film un estilo muy naturalista y espontáneo, propio de la televisión y totalmente despojado de efectismos baratos y sentimentalismo fácil. La cinta en ningún momento se vuelve pastelosa, tiene una duración acertada y a la vez supone un estupendo drama humano con cierto valor sociológico y psicológico.

Marty” es también una clara crítica a esa sociedad americana caduca y encorsetada de la década de los 50, retratando ese mundo dominado por los prejuicios -en donde juega un papel muy importante la posición social-sentimental-, la superficialidad y la falta de apertura de miras, comprensión y sentido común.

A la vez, también es un retrato sobre la soledad, la familia, la “comodidad doméstica” (entendida como tal por aquel entonces), el imparable e inevitable ciclo de la vida y la importancia del afecto humano como parte fundamental del crecimiento personal.

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En cuanto a los personajes (Marty y Clara), son totalmente verosímiles, de una autenticidad innegable, humanos, cercanos, que inspiran simpatía, cariño y pena. Y ahí radica una de las claves para que el film en cuestión sea tan estimable: en las sensacionales actuaciones. Ernest Borgnine (visto también en “Los vikingos” (Richard Fleischer, 1958) o “Grupo Salvaje” (Sam Peckinpah, 1969) entre otras) abandona por una vez sus papeles secundarios a los que nos tiene acostumbrados y se pone en la piel del protagonista principal realizando una actuación asombrosa, comedida y dinámica a la vez. Y lo más importante es que te crees que es Marty, no ves al actor sino al personaje. Su labor es simplemente colosal. En cuanto a Betsy Blair – por cierto, vista en la similar “Calle mayor” (Juan Antonio Bardem, 1956) – realiza otra grata actuación de chica tímida responsable y bondadosa.

Pero no todo es bueno en el film de D. Mann y no todos los personajes están bien contruidos. La pareja de el hermano y su mujer resulta a la postre muy artificial, muy falta de verosimilitud, con acciones muy forzadas y con situaciones que apenas ayudan a perfilar sus personajes, que más bien parecen tan solo bocetos o esbozos de lo que deberían haber sido.

Su rigor dramático es un tanto justo, en ocasiones parece una cinta hecha por y para lucimiento de Ernest Borgnine, algo complaciente, con algún regustillo academicista y con ciertos tópicos del género. Pero nada tampoco excesivamente grave.

Ganó la palma de oro y unos cuantos oscar (incluido Delbert Mann), de forma (creemos) un tanto injusta, teniendo en cuenta que ese mismo año competía con realizadores de la talla de Elia Kazan o David Lean, los cuales presentaban films (bajo mi humilde punto de vista) de mayor calidad al que se comenta en estas líneas.

Pero a pesar de todo ello, estamos ante un buen film con un acabado elegante, hecho desde la humildad, rodada con oficio, favorecida por una estupenda fotografía y con unas interpretaciones principales majestuosas.

Un film (en líneas generales) tan olvidado como estimable.


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