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Crítica: “Mapa de los sonidos de Tokio” (Isabel Coixet, 2009)

mapa-de-los-sonidos-de-tokio-poster_1Cuando uno se dispone a ir al cine y dejarse llevar por lo acontecido en pantalla, lo último que espera es que le tomen el pelo y, bajo un vulgar ejercicio de snobismo cinéfilo, pretendan vendernos un producto profundo, austero y sensible, cuando verdaderamente lo que ofrece son 109 minutos insustanciales, carentes de emoción y con altas dosis de ombliguismo (casi tanto como Von Trier).

Mapa de los sonidos de Tokio” produce en el espectador auténtico hastío, erigiéndose como una de las peores películas que un servidor haya podido sufrir en lo que llevamos de año. Un producto diseñado solo para chic@s 100% Coixet, que confunden lo trascendental con lo vacuo, y que caen en el juego que propone la directora de intentar esconder bajo su sello precipitadamente indie(made in Sundance) las enormes carencias de la cinta española.

Para entrar en contexto, el film nos narra la historia de Ryu (Kinko Kikuchi), una chica solitaria de aspecto frágil que contrasta con la doble vida que lleva: de noche trabaja en una lonja de pescado en Tokio y esporádicamente recibe encargos como asesina a sueldo. El señor Nagara (Takeo Nakahara) es un poderoso empresario que llora la muerte de su hija Midori, que se ha suicidado, y culpa del suicidio a David (Sergi López), un hombre de origen español que posee un negocio de vinos en Tokio. Ishida (Hideo Sakaki), un empleado del señor Nagara que amaba a Midori en silencio, contrata a Ryu para que asesine a David. Un ingeniero de sonido, obsesionado con los sonidos de la ciudad japonesa y fascinado por Ryu, es el mudo testigo de esta historia de amor que se adentra en las sombras del alma humana allá donde sólo el silencio es elocuente.

Coixet opta por lo supuestamente guay olvidándose de la eficacia y la resolución de las tramas. El guión es ciertamente pretencioso, con unos personajes desdibujados, mal construídos, que jamás inspiran empatía al espectador y cuyas tramas son inconsistentes y carentes de sentido. Personajes sin química alguna, que protagonizan situaciones inverosímiles (nadie se cree que Ryu esté enamorada de David) y que, en definitiva, producen una abrumadora indiferencia al que visiona el film (realmente importa un cuerno lo que les pase a los personajes, hasta el punto que desearías que ambos desaparecieran del mapa para que el film terminase de una santa vez).

La película aspira a ser una radiografía de la soledad y las relaciones humanas, intentando emocionar desde la distancia, pero peca de ser demasiado esquemática, demasiado previsible y se pierde en un ritual de frases que suenan demasiado perpetuas e imperecederas, por momentos, adentrándose en terrenos del cine iñarrituense, es decir, mucha postal y mucho fatalismo, pero poca credibilidad ni calidad.

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Siguiendo con las, todo haya que decirlo, merecidas puyitas hacia la horrible peli de Coixet, todavía no se entiende la utilidad del narrador dentro de la cinta, cuyas frases rimbombantes narran lo que vislumbramos ya en pantalla, saliendo de la boca de un personaje que no solo no aporta nada a la trama prácticamente, sino que supone el toque forzadamente friqui y cool, típico de la directora gafapasta. Únicamente consigue subrayar en exceso y añadir momentos prescindibles (como la escena en donde explica lo que acontece entre los edificios de la ciudad, o las escenas en donde Ryu limpia las tumbas de sus víctimas). Un narrador que recuerda sospechosamente al grabador de sonidos de la magnífica “Café Lumière” (2003) de Hou Hsiao-hsien.

Otro punto a tratar son las secuencias de sexo. Rodadas desde el punto de vista femenino claramente y con poca destreza (nada que ver con las cintas de Wong Kar Wai o Ang Lee), aunque sutilmente, nunca llegan a ser algo puramente explícito. Esa habitación con esos colores destacados, ese sonido y esas luces de tren, nos recuerda inevitablemente (y salvando las distancias) a “2046” (2004). La famosa escena en donde Sergi López se saca un pelo de la boca tras haber realizado sexo oral, constituye la escena almodovariana por excelencia del film, pero el Almodóvar de la vulgaridad sexual no el maestro tras las cámaras, que conste. Recordemos que a nuestra amiga Coixet también le va lo kitsch.

La música escogida es de calidad, pero independientemente de la cinta, no unida a ella. Algunas de los singles escogidos podrían ser muy del gusto de Wong Kar Wai (ver la de los títulos de crédito) y la de final (de nuevo, el toque Antony and the Johnsons -excelente grupo donde los haya-), que parece más una imposición personal de la directora que un acierto ubicarla en ese tramo de la película.

Como he dicho anteriormente, el gran problema de “Mapa de los sonidos de Tokio“, además de que es un puñetero hastío, son sus personajes. Coixet, habitualmente, sabe trabajar con los actores y les saca un buen rendimiento. No niego que sea una buena directora de actores. Sin ir más lejos, pudimos ver a una espléndida Sarah Polley tanto en “Mi vida sin mí” (2003) como en “La vida secreta de las palabras” (2005), o a una enorme Lili Taylor en “Cosas que nunca te dije” (1996). En cambio, en su última película, no ocurre eso, supongo por la dimensión tan desubicada en la que se mueven los personajes. De todo el casting, solo salvaría a Hideo Sakaki (uno de los actores fetiche de Ryuhei Kitamura) y a Min Tanaka (visto en “El ocaso del samurai” (2002) y “The hidden blade” (2004)), cuyos personajes no me interesan en exceso pero son actores que siempre cumplen.

Ryu (Rinko Kikuchi) representa esa juventud japonesa tan desorientada como solitaria. El problema es que jamás creemos que sea una chica que mate por dinero, jamás sospechamos que se enamore del personaje de David, por el simple hecho de que todo es excesivamente rápido, frio y materialista. Una relación basada en el sexo y en el vino xD, no puede dar lugar a esa escena final con lágrimas en donde a una parece que se acaba su vida y al otro parece que le importa todo un pimiento. Por las evidentes similitudes de composición de escena, nada que ver con ese abrazo final entre un Bill Murray y una Scarlett Johansson plenamente emocionados en el film de Sofía Coppola.

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Si Rinko Kikuchi está mejorable en el film, Sergi López está horroroso, bajo mi humilde punto de vista. No solo porque no pega con su papel (que parece el Marlon Brando de “El último tango en París” (1972) pero en versión cutre, o el Bill Murray de “Lost in translation” (2003) en plan pecho lobo macho ibérico), sino porque no dota de suficiente carisma y entidad a su personaje. Es posiblemente, el personaje más inverosímil de la trama, sobre todo por algunas escenas en concreto (cuando le habla sin ningún tipo de preocupación y con indiferencia a Ryu sobre su ex, la cual acaba de suicidarse supuestamente por su culpa, cuando se despide de Ryu, cuando tienen una estúpida discusión sobre vinos que desencadena en ese “romance” o sin ir más lejos cuando practican sexo). Sobre el doblaje que se ha hecho a sí mismo Sergi López, prefiero no opinar, para no herir más sensibilidades.

El trabajo de Coixet en este film, se podría definir en un quiero y no puedo. Intenta ser una mezcla entre Wong Kar Wai (por la manera de retratar la ciudad y las relaciones, por algunos travellings inspirados), Sofia Coppola (por esa escena de taxi mientras David ve las luces y colores de Tokio tras la ventana, por esa despedida con un plano idéntico que recuerda a “Lost in translation” (2003)) y Lars Von trier (por el uso de la música construída mediante elementos naturales y cotidianos como entidad de la banda sonora, como pasaba en “Bailar en la oscuridad” (2000)), con planos descaradamente inspirados en algunas obras de dichos realizadores (por decir absolutamente copiados) e intenciones nada originales, bajo la excusa del homenaje continuado, solo consiguiendo aturdir al espectador mínimanente sesudo y conocedor de cine. Pero si, aunque no tuviera un discurso propio, fuera una cinta que llegara, emotiva, sin pretensiones, humilde y capaz de transmitir lo que pretende, se lo podria perdonar, pero no es asi.

Mapa de los sonidos de Tokio“, en el fondo, cuenta la misma historia de siempre en el cine de la directora catalana: corazones rotos, heridas sin cicatrizar, desorientación existencial, personajes alienados, con un pasado problemático y con un futuro incierto. La obra de Coixet en ese aspecto es muy uniforme, pero si bien en otras propuestas anteriores lograba transmitir ese desaliento, ese desencanto vital y trascendental, en “Mapa de los sonidos de Tokio” se preocupa más por el sonido y su tratamiento que por el film en sí. Es cierto que la edición de sonido es notable en el film, incluso fue premiada en Cannes, pero la película en su conjunto, es fallida.

Un detalle que me parece fuera de lugar y que no mucha gente ha comentado, es la incursión de la senyera catalana cada dos por tres en al cinta (en la tienda de vinos o en las cartas colgadas). Para variar, resulta un detalle forzado y snob por parte de la directora, con tal de subrayar (de nuevo) – sin ningún propósito más allá del ombliguismo – su patria querida.

Algo que me parece grave, es el hecho de que este film esté como precandidato a los oscars por parte de España, habiendo dejado en la estacada películas mucho más interesantes como la enorme (digan lo que digan) “Los abrazos rotos” (2009) de Almodóvar (recordemos, que estuvo a puntito de llevarse la Palma de oro este año, se la quito Haneke) o la a priori interesantísima “Ágora” (2009) de Alejandro Amenábar (tras su paso por el cine chusquero en “Mar adentro” (2004)), supuestamente descartada por ser en lengua extranjera, aunque curiosamente la cinta de Coixet también lo es. ¡Parece mentira!.

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En este mapa de los sonidos no existe una conexión directa con el espectador. Solo el vacío, tanto artístico como emocional. Un film saturado de tópicos, personajes en construcción permanente, sin química alguna y totalmente inexpresivos, erigiéndose como el “film oriental” capricho de la gafapastis, la cual (a parte de estar constantemente buscando postalitas – como su amigo Iñárritu – en vez de auténticos planos que transmitan algo) pretende ser Wong Kar Wai, Sofia Coppola y Lars Von Trier a la vez, pegándose un monumental tortazo en su intento. Sin olvidar que el póster (posiblemente lo mejor de todo) es un plagio descarado de una fotografía de Javier Aramburu, como recientemente han constatado la prensa escrita y audiovisual.

Un film que rebosa falsa poesía, abandonado al subrayado narrativo, componiendo un ritual de frases que suenan en extremo perpetuas y rimbombantes, con un buen trabajo en sonido, que busca ser una radiografía de la soledad y las relaciones humanas, quedándose en un deleznable ejercicio de snobismo, pretenciosidad y falta de emoción.


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