Clásicos Criticas Suspense

Crítica: “M” (Fritz Lang, 1931)

m¿Quién es el asesino?, cita un cartel colgado en una pared, durante el inicio del film, que, en el fondo, no es más que un juego metafórico y visionario sobre la decadente sociedad alemana de entonces y la larga sombra del nazismo que acechaba. Esta dualidad sutil permite a Lang jugar con 2 conceptos, el de psychokiller y el de la corrupta sociedad, abriendo un claro debate sobre ello.

Con un marcado tono expresionista, obra de Fritz Arno Wagner, la cinta consigue hacer un retrato de un asesino en serie de una forma totalmente atípica (nunca desde un solo punto de vista), apartada de estereotipos y escenas mórbidas que no hubieran aportado nada, arriesgada y que lleva al espectador a una necesaria meditación y a un dilema moral.

Con un singular y portentoso estilo visual, Lang propone, en su obra, una disección social de la Alemania de entonces, cosa realmente curiosa en un thriller, y una reflexión sobre temas tan universales como la obsesión, la culpa, la redención, la soledad o el denominado delito de masas, que se vería con más claridad, si cabe, en la posterior Furia.

De hecho, hay múltiples cosas en común entre M y el film americano. Para empezar, ambas tratan sobre temas jurídico-sociales, temas que remueven la conciencia social. En ambas, las masas pretenden linchar/matar al culpable (sea inocente o no, sea un enfermo que no puede controlar su otra personalidad, o no), negándole la oportunidad de cualquier juicio justo. También, encontramos un discurso/monologo final (en M por Peter Lorre, en Furia a cargo de Spencer Tracy) y en las dos obras, abunda la demagogia del pueblo. Si en el film estadounidense, el pueblo le convierte al protagonista en un ser vengativo y lleno de ira (y con razón), en M vemos como la propia sociedad es capaz de engendrar monstruos, los cuales, serán perseguidos por sus hechos, pero que, a la postre, no habrá una diferencia tan abismal entre ambos bandos (los que culpan y los supuestos culpables). Lang retrata visualmente, de forma perfecta, la profunda soledad e incomprensión del monstruo, como si de un Frankenstein urbano demente se tratase.

La cinta, en cuanto a forma, es innovadora, con montajes paralelos, un uso muy elaborado de los planos secuencia o los contrapicados y una utilización del sonido admirable, usando un tema musical (el silbido del protagonista) como vehículo para aterrorizar y crear tensión al espectador y que, a la vez, nos recuerda algo, en su uso, a La noche del cazador de Charles Laughton y la canción que cantaba Harry Powell (Robert Mitchum). Es decir, Lang, como Laughton, usa un tema musical para alertar al espectador de la presencia del asesino sin que lo veamos, creando una atmósfera de suspense casi impalpable y tremendamente inteligente.

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El director denota un control sobre el sonoro ciertamente asombroso siendo su primer film hablado, el cual, paradójicamente, cuenta con grandes secuencias propias del cine mudo, con una enorme fuerza visual, como la del inicio y la espera de la madre a que regrese su hija (con ese silencio tras la canción).

Es difícil destacar una sola escena del film, por tanto, destacamos varias. Una, seria la secuencia que el asesino se refleja ante el espejo, con esa mirada asustada y angustiante, y que, con sus manos, se fuerza una mueca facial intentando hallar ese alter ego suyo, pretendiendo desenmascarar quien es el asesino que lleva dentro o que parte de él lo es, para llegar a cometer tan atroces delitos. Memorable es la del monólogo final, todo un alegato a la conciencia social, la impotencia y la culpa, en donde Lang nos viene a decir que “Todos somos culpables”, cuando llega la policía al lugar y todos los presentes de ese juicio clandestino levantan las manos. Esa sola escena resume todo el film.
Es más, particularmente, opino que el film, ganaría en elegancia si hubiese acabado con ese plano, pues el epilogo final resulta carente de importancia en el conjunto.

Remarcables también son, la primera aparición del asesino, usando un recurso típico del cine negro, mediante una sombra, un modo elegante de presentar, para nada explícitamente, al personaje, aportando misterio a la figura del asesino, y la secuencia en donde marcan una M en el abrigo del criminal para que sea reconocido y perseguido, un personaje creado, marcado y catalogado por una sociedad oscura e incoherente.

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El hecho de que el asesino, Hans Beckert (Peter Lorre), sea descubierto por un ciego me resulta una metáfora un tanto oculta pero realmente curiosa, pues hasta el más ciego podría darse cuenta de la decadencia y la monstruosidad de una sociedad ya condenada, y de sus hijos. Porque Hans no deja de ser el hijo de una sociedad condenada.

Cuánta razón tenía el asesino al pronunciar, en su desgarrador monólogo: “¿Quiénes sois vosotros para juzgarme a mi?”. La ira ciega a la razón y, cuando es en masa, la culpa, la responsabilidad y la actitud parece no existir.


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