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Crítica: “Los abrazos rotos” (Pedro Almodóvar, 2009)

cartel-los-abrazos-rotosLas películas hay que terminarlas aunque sea a ciegas” (Mateo Blanco / Harry Caine).

Esta frase pronunciada al final del metraje, define perfectamente las intenciones de la película y lo que realmente pretende ser, ya que estamos ante una declaración de amor al cine noir de los años 50, a aquellos melodramas de Douglas Sirk o Vicente Minnelli, incluso a Roberto Rossellini en su manera de representar las relaciones sentimentales y la imposibilidad de las mismas. Pero también rinde homenaje a su propio cine, adaptándose a su manera y sin complejos, llegando a momentos de puro metalenguaje cinematográfico.

Y es que, el último film de Almodóvar mantiene una cierta lógica con sus dos precedesoras, erigiéndose como una trilogía retrospectiva y autobiográfica. Si en “La mala educación” (una cinta profundamente noir aunque no lo parezca a priori) podían vislumbrarse ciertos detalles autobiográficos, descubriendo su visión de la iglesia católica (aunque el mismo Almodóvar no lo afirme abiertamente) y en “Volver“, el cineasta rememora su infancia y su lado más costumbrista; “Los abrazos rotos“, es un claro homenaje a su amor por el cine, a su pasión y al poder de la imagen.

Para poner en contexto, “Los abrazos rotos” narra la historia de un hombre (Lluís Homar) que escribe, vive y ama en la oscuridad. Catorce años antes sufrió junto a Lena (Penélope Cruz), la mujer de su vida, un brutal accidente de coche en la isla de Lanzarote que lo dejó ciego. Este hombre usa dos nombres, Harry Caine, lúdico seudónimo bajo el que firma sus trabajos literarios, relatos y guiones y Mateo Blanco, su nombre de pila real, con el que vive y firma las películas que dirige.

En la actualidad, Harry Caine vive gracias a los guiones que escribe y a la ayuda de su antigua y fiel directora de producción, Judit García (Blanca Portillo), y de Diego (Tamar Novas), el hijo de ésta, secretario, mecanógrafo y lazarillo. Desde que decidiera vivir y contar historias, Harry es un ciego activo y atractivo que ha desarrollado todos sus otros sentidos para disfrutar de la vida, a base de ironía y una amnesia autoinducida. Ha borrado de su biografía toda sombra de su primera identidad, Mateo Blanco.

La historia de Mateo, Lena, Judit y Ernesto Martel (José Luis Gómez) es una historia de amour fou, dominada por la fatalidad, los celos, el abuso de poder, la traición y el complejo de culpa.

Una de las señas de identidad del director manchego es su facilidad para mezclar géneros o situaciones y conseguir salir airoso. Lo que es innegable es que Pedro es un director que ha alcanzado una madurez artística, un control del ritmo narrativo y técnico, sencillamente envidiable. El director compone como nadie un mosaico de géneros enfocados ante todo en el melodrama y en el thriller, pero aderezados por el humor ácido, peculiar y en ocasiones algo surreal característico del cineasta (en este caso con un guiño a “Mujeres al borde de un ataque de nervios“).

El film se centra en un triángulo amoroso: Ernesto (el posesivo y obsesionado productor), Lena (la actriz y estrella) y Mateo/Harry (el director de cine enamorado). Y Almodóvar juega con elementos característicos del cine negro como la rubia y la morena (ambas encarnadas por Penélope Cruz -el guiño de la peluca rubia platino mientras rueda es claro-), los nombres típicos de cine negro (Harry Cine, o el personaje de Lena (típico nombre de femme fatale y que recuerda algo al de Lana Turner (vista en “El cartero siempre llama dos veces” o “Imitación a la vida“))), la dualidad de nombres del personaje de Lluís Omar (Mateo Blanco / Harry Caine) en un evidente homenaje a aquellos “agabardinados” Harry Lime (encarnado por Orson Welles en “El tercer hombre“) o el agente Harry Palmer (encarnado por Michael Caine en tantas películas del género), la imposibilidad de las relaciones amorosas o la presencia de la muerte y la violencia como eje dramático, de ahí el frecuente uso del flashback como elemento narrativo principal del film. Como comento, la película está construída mediante una estructura de flashbacks (en dos tiempos) que nos transportan a momentos de la vida de Mateo, su nacimiento como cineasta y su muerte. La muerte de su vista (que no de su visión), la muerte de “su” Mateo y el resurgimiento definitivo de su alter ego Harry Caine.

La relación entre Ernesto y Lena se torna fría, distante, sin pasión (véase esas escenas en dónde la mirada de ella ha perdido el brillo que sí tiene cuando está junto a Mateo) y éste lo nota. Se vuelve obsesivo, calculador, controlador de su vida y manda a su propio hijo (un chaval homosexual enamorado a la vez de Mateo) que filme y siga literalmente a Lena, registrando cada uno de sus movimientos. Con la ayuda de una traductora conseguirá averiguar el porqué del cambio de actitud de Lena, que él sí ha notado.

Mientras Mateo (Harry Caine) pierde la visión tras el accidente y necesita un programa informático para que le lea las letras del ordenador entre otras cosas, Ernesto Martel, productor de la cinta que dirige Mateo y obesivo marido de Lena, debe recurrir a la una traductora -que lee los labios de la imagen- para saber si existe o no un romance entre Lena y Mateo a sus espaldas. Uno no puede ver, el otro no sabe escuchar. Ambos saben que el poder de la imagen es lo que realmente importa(Ernesto la puede ver pero no comprender, Harry la tiene en su mente y allí sí la puede ver mediante el sonido). Justamente ahi, cuando Lena (Penélope) descubre a Ernesto viendo la cinta en que ella se declara a la cámara del hijo de éste, es cuando alcanza el cénit la importancia del poder de la imagen y es enfrentanda a la potencia contundente de un sonido desolador, poniendo ella misma la voz a la imagen y dotando de más veracidad y crueldad si cabe a sus terribles palabras llenas de hastío y desamor.

Los abrazos rotos” supone sin duda, una de las cintas de Pedro en donde mejor se ha trabajado el sonido (atención al ruido de los tacones, a la importancia del sonido para los personajes), y con una música de ese genio llamado Alberto Iglesias puramente deudora de Herrmann, que acompaña y engrandece las imagenes de tan bella película.

Pero si algo se debe achacar a la cinta es que, por momentos, se vuelve algo irregular. Posee algunas secuencias memorables como todas las de Lanzarote, unos parajes que recuerdan a peliculas tan imprescindibles de Rossellini como “Stromboli” o “Te querré siempre” (de la cual Pedro incluye un fragmento como guiño), la escena comentada anteriormente de Penélope poniendo voz a la proyección (lo mejor del film), las escenas cómicas o la declaración del personaje de Blanca Portillo. Pero en cambio hay otros tramos (algunos del tiempo presente), situaciones inacabadas o personajes que van y vienen, que afectan algo al ritmo de la cinta, aunque tampoco con demasiada importancia.

En el film también se nombra a “Ascensor para el cadalso“, impecable cinta noir de Louis Malle, y no se hace por casualidad. Si en el film de Malle, el vehículo que separaba a la pareja unida por un profundo amor (Maurice Ronet y Jeanne Moreau) era un ascensor el cual accidentalmente quedaba parado en un edificio vacío (otra pareja unida por la fatalidad); en “Los abrazos rotos” es el accidente de coche lo que separa para siempre a la pareja, ambos mueren (Lena y Mateo) y Harry resurge como único elemento existencial.

Considero que es todo un acierto la elección del titulo del film, básicamente porque trata de personas que aman pero no son correspondidas (ya sea por desamor, por hastío o por accidente). Y se pueden ver tres expresiones diferentes respecto a la misma sensación/sentimiento: el rostro de Mateo muestra un nuevo nacimiento, una forma de vida nueva le espera; el rostro de Ernesto muestra impotencia, desasosiego y finalmente ira; y el de Judit (Blanca Portillo) desamor absoluto e infinita tristeza porque sabe que nunca podrá poseer y amar lo que más desea. La cinta trata de relaciones imposibles, unidas por la fatalidad

A parte de Rossellini, Malle, Tourneur, Minnelli o Douglas Sirk, también vemos referencias en cuanto a artistas a Audrey Hepburn, sobre todo cuando Penélope está en las escenas que Mateo rueda para su film. Si en “Volver“, Penélope parecía una representación de la gran Anna Magnani en “Bellissima” de Visconti, aquí es la viva imagen de Audrey.

Mención especial también al trabajo del excelente director de fotografía mejicano Rodrigo Prieto (uno de los grandes actualmente), con un uso de colores claros, muy coloridos (en ocasiones incluso cercano al estilo del technicolor), acompañado de una escenografia y diseño muy vanguardista, entre el kitsch y el pop art (algo usual en el cine del realizador).

Pero lo más importante de este film tras la labor de Pedro, son las actuaciones ya que todo el peso de la cinta recae en ellas. y no decepcionan lo más minimo. Una Penélope Cruz, que aunque no sea santo de mi devoción, debo reconocer que en manos de Almodóvar brilla con luz propia y ofrece registros de autenticidad impensansables en sus cintas estadounidenses, un Lluís Homar, como siempre, sensacional, superándose a si mismo, y una Blanca Portillo que merece ya un altar entre las grandes actrices españolas de los últimos años (simplemente colosal el control de su actuación y su madurez como actriz).

Si bien es cierto, se comenta que “Los abrazos rotos“, cuando salga en dvd contendrá más escenas y la película (o parte de ella) de Mateo Blanco, y puede ser otro detalle más de metalenguaje cinematográfico. Un film que nos habla de la realización de otro film, inacabado y a la espera de que un director que ha perdido la vista lo remonte con ayuda de su presunto hijo y de Judit. El film está roto y deben ordenarlo y reestrenarlo (será visto como nunca), como las fotos antiguas rotas de mateo (las cuales, el personaje de Tamar Novas, intenta reestablecer y reestrenar (verlas al fin por unos ojos que nunca las han visto y describirlas / redescubrirlas para Harry)) y como algunas vidas cuyos abrazos han sido rotos, quizás par siempre.

Un film lleno de pasión, dolor y comicidad, elementos que se alternan de forma natural consiguiendo conquistar al espectador en cada fotograma, entregando el protagonismo al poder de la imagen con sus múltiples capas/rostros, y que sobre todo mantiene intacto el sello tan característico de su realizador. Una gran película noir, tan arriesgada como injustamente vapuleada por algunos críticos cuya manía al director manchego es respetable pero ya alcanza cotas irrisorias.


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