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Crítica: “La boca abierta” (Maurice Pialat, 1974)

bocabiertaSilencio, respeto, sufrimiento, pena, aflicción e incomodidad son sensaciones que produce el cuarto film de Maurice Pialat, construyendo un retrato sobre la agonía (palpable) de una madre, expuesto con una crudeza, austeridad y un verismo de rigor prácticamente documental, algo muy característico en el realizador francés, que junto a Eustache y Garrel forma parte de la generación post-nouvelle vague.

Como en otras obras del cineasta como en su ópera prima “La infancia desnuda” o, en cierta medida “Van Gogh”, sobre todo debido a su frustración en las artes pictóricas, “La boca abierta” contiene innegables elementos de carácter autobiográfico. La región en donde se sitúa gran parte de la acción –Auvernia-, localidad natal del director, el personaje de Robert -interpretado por Hubert Deschamps- un claro alter ego de su padre o el tratamiento de las infidelidades en el film, destilan cierto carácter personal e identificativo de Pialat.

En el film no hay lugar para sentimentalismos. No existe artificio alguno ni estético ni artístico. La acción está llena de realismo crudo, violento y puro. Una violencia interna más que explícita, una violencia de las relaciones entre seres que chocan entre sí, hay un cierto magnetismo entre los cuerpos, como si fueron animales sin una posible redención. Pues en sus films no hay ganadores sin derrota. Los personajes están perdidos, condenados desde el inicio, torturados, sin lugar a la esperanza y con ellos Pialat nos radiografía los aspectos más abruptos de la vida urbana de la sociedad francesa.
La boca abierta” es seca, austera, con un distanciamiento y objetividad peculiar que paradójicamente hace identificarse al espectador.

La fotografía de Néstor Almendros es totalmente naturalista, oscura (hay planos tremendamente oscuros), con un trabajo asombroso sobre la luz natural en su mayoría, en interiores. Junto a artesanos como Vittorio Storaro es uno de los grandes directores de fotografía de la luz natural. Prueba de ello son sus trabajos con Rohmer, Chabrol, Godard, Truffaut, Malick (en la excepcional “Días del cielo”), “El lago azul”, etc…
Existe cierta fealdad en los planos, dota de una especie de suciedad a los planos.

El tempo de cada escena es muy importante. Los momentos silentes hablan por si solos y Pialat, en su film, les da una vital importancia. Es mucho más poderoso el silencio que cualquier palabra. Dos ejemplos de ello serían la parte que se nos muestran los últimos momentos de vida de la madre y el sonido de las esforzadas y profundas espiraciones de la madre enferma. Pialat refleja el sufrimiento sin palabras y buscando la pureza de la verdad. Una escena fantástica fotográficamente en la cual la madre en la cama es iluminada por la luz lateral y ellos 2 (padre e hijo) aguardando en la sombra, que metafóricamente se podría interpretar como que son personajes fracasados, condenados a vagar en la oscuridad.

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La búsqueda tan obsesiva que seguía Pialat para mostrar la realidad de forma tan cruda, hacía de sus films historias más cercanas al pesimismo más profundo que a la esperanza por un futuro mejor. Esa búsqueda era plasmada cinematográficamente mediante un uso inteligente y dinámico del plano secuencia, normalmente de gran duración, usados para explorar la intimidad de los personajes y así potenciar la imagen de improvisación y realismo.

Otro elemento destacable de “La boca abierta” es la sabia economía de planos que nos brinda el realizador. Un ejemplo lo tenemos en el primer encuentro de Philippe (el hijo) con la prostituta, todo en un plano secuencia y economizando planos (eludiendo el típico y fácil plano-contraplano) con esa utilización del espejo haciendo uso de un encuadre muy medido en donde nunca perdemos de vista ni a ella (que está vistiéndose) ni a Phillipe estirado en la cama, reflejado por un lado del espejo. Algo también muy destacable del film y de la obra de Pialat es el uso de un montaje de cuadro.

No menos encomiable es el trabajo con la profundidad de campo, un recurso muy presente en toda la cinta, una puesta en escena aparentemente sencilla pero de una sobriedad magnífica siempre buscando esa esencia de la realidad creando ambientes de inseguridad, todo ello ayudado por el sonido directo.

El tratamiento de la muerte en este film es muy respetuoso, pulcro y de corte un tanto siniestro y tenebroso, como en la vida real. Una especie de “Gritos y susurros” de Bergman pero a lo Pialat. La transformación de un ser querido en una simple boca abierta, que únicamente es capaz de comer, gemir o espirar. Las infidelidades a parte de ser vehículo para describir personajes, en ocasiones de ámbito autobiográfico, son mostradas de formas peculiares y sutiles, por ejemplo mediante la música diegética (en todo el film no suena ni una nota musical de score) que suena en el inicio del film, en donde, la primera parte que nos habla de la muerte y el amor vendría a ser como un reflejo de la madre, y la segunda, sobre la vida militar con frases como “Hoy mucho mañana poco” sería la viva imagen de la infidelidad, la mala vida y el caos organizativo: el padre, incluso el hijo.

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Robert, no solo es un personaje infiel y despreocupado de sus responsabilidades, otro matiz negativo más de él, lo tenemos en esa escena en la cual se asoma a la puerta y ve pasar a unos novios y familiares de una boda entre una persona de color y una francesa y posteriormente en el bar pronuncia: “Perdimos las colonias y llegó esa gente de color. Auvernia ya no es de los auvernenses”. Se está hablando de la inmigración creciente en Francia de una manera un tanto despectiva a la vez que se define al personaje y su carácter xenófobo.

En el desenlace del film, Pialat muestra con un bello y complejo plano secuencia hacia atrás la tozudez del padre por elegir la miseria de su agujero y ese estancamiento voluntario que le está llevando a una clara e irreversible perdición. Al acabar el plano secuencia, dentro de un tramo en donde los árboles cubren prácticamente la luz, se oscurece mucho la escena, casi tanto como la posterior en donde Robert, el padre, apaga todas las luces de la tienda/casa. Todos los personajes están sumergidos en un oscuridad de la que jamás podrán salir. Son demasiado egoístas, irrespetuosos, irresponsables y en definitiva, amorales.

En muchos de los films de Pialat podemos ver elementos heredados de cineastas como Jean Renoir o los Hermanos Lumière, sobre todo por esa búsqueda obsesiva de la verdad muchas veces mediante la improvisación. Actualmente ha influenciado a directores reconocidos como Catherine Breillat y Arnaud Desplechin.


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