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Crítica: “Ichi the killer” (Takashi Miike, 2001)

ichi_poster_1Takashi Miike -japonés y enfermo mental de nacimiento- es uno de los directores asiáticos más peculiares, transgresores, controvertidos y desenfadados de la actualidad. Capaz de moverse entre géneros como pez en el agua (desde el terror, a la comedia pasando por el musical), siempre se ha caracterizado por ser amante de la polémica (y la casquería) y no dejar indiferente a nadie.

Su vastísima y freak filmografía (es un cineasta enfermamente prolífico) le ha llevado a convertirse en uno de los enfants terribles por excelencia del panorama internacional y en un director de culto para los fans. Aunque, si bien es cierto, su cine cuenta con igual número de admiradores que de detractores, saltándose las barreras habidas y por haber (los cánones preestablecidos no existen en su cine) y mantiendo su fidelidad a lo bizarro y a lo claramente pulp.

El status de director de culto, en ciertos países, ha sido un proceso lento y costoso, pero hoy en día, Miike es ya un clásico en los festivales de cine fantástico y de terror de medio mundo, incluso se han editado (sorprendentemente en países con distribuidoras que tan poco suelen arriesgar en el mercado de video como España) ediciones muy majas en dvd de algunas de sus películas más conocidas. Algunas de sus cintas más destacables son “Visitor Q” (toda una – enferma- vuelta de tuerca no confesa a “Teorema” de Pasolini), “Graveyard of Honor“, uno de los cortos de “Three Extremes“, la fantástica “Audition” con su terror in crescendo, la excéntrica fábula musical “La felicidad de los Katakuri“, la brutal trilogía “Dead or Alive” o la misma “Ichi the killer“. Recalcar que “One Missed Call (Llamada perdida)“, una película de calidad más que dudosa, se considera más un encargo que un proyecto propio, y lógicamente se nota.

Ichi the killer” nos narra la historia de un conocido jefe de la Yakuza (la mafia japonesa), el cual de repente desaparece junto con un botín de cien millones de yenes. Su mano derecha, el sanguinario y masoquista Kakihara (Tadanobu Asano), y el resto del clan, emprenden su búsqueda, ya que no creen que se haya fugado. Para encontrarlo utilizarán todos los métodos que consideren oportunos, ya sea torturando o matando.

Así, Kakihara consigue averiguar que lo que pensaban que era una desaparición, es en realidad un asesinato, cometido por un hombre llamado Ichi (Nao Omori), un esquizofrénico que cuando pierde el control puede hacer picadillo, literalmente, a cualquiera. Con esto, quiere resarcirse de los traumas de la infancia, aunque lo que consigue es lo contrario. Pero Ichi no esta sólo en esta lucha, le acompañan unos repudiados del clan, destacando a Jijii (Shinya Tsukamoto), que es la cabeza del grupo y quien incita al caos que se organiza.

Sería tremendamente superficial si se calificara a “Ichi the killer” con un film extreme sin más. Está claro que es una cinta en donde la hemoglobina tiene un claro protagonismo, pero tras las manchas de ketchup, se encuentra una feroz crítica al sistema actual japonés y una seudo radiografía de un villano[1] esquizoide, tímido, atormentado, frágil, voyeur y sexualmente incontrolable.

Como he comentado anteriormente, la gracia del cine de Takashi Miike radica en esa exploración de terrenos que confunden placer con dolor, enmarcado en un mosaico en donde lo absurdo acapara todo y la crudeza queda suavizada por un humor entre negro y delirante. Fuera de todo convencionalismo, el cineasta nipón propone una historia de tripas y visceras con el honor yakuzero de telón de fondo…. y creánme, pocas veces se han visto a mafiosos tan enfermos y desquiciados!.

Para que engañarnos, la película es brutalmente violenta, pero Miike sabiamente lo adorna con un aire cómico constante e incluso se ríe de sus propios personajes hiperboleizados hasta extremos justamente miikeanos. Unos personajes que parecen haber sido sacados de anime / manga o de un videojuego de lo más sanguinario.

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Personajes claramente masoquistas, cuya idea del placer difiere de la del resto de los mortales, fácilmente manipulables, inestables emocionalmente, otorgando al sexo un sentido dictatorial y claramente desagradable (ver como se tratan a las mujeres en el film), productos de la incomunicación japonesa actual, hijos de las leyes yakuza y víctimas del caos. Todo eso y más habita en este film.

El hecho de que la película se inicie con una salpicadura de semen, de la cual se crean los títulos de crédito, deja entreveer lo que estamos a punto de visionar: todo un festín gore sin pelos en la lengua. En ese punto debemos decidir si cancelar el visionado y hacer algo más provechoso o seguir asistiendo a este espéctaculo friqui y ultraviolento, solo disfrutable para amantes poco exigentes del género.

Considero a “Ichi the killer” una película que se le ha dado mucho más bombo de lo que merece, por consiguiente, la etiqueta “de culto” es un tanto impuesta, forzada, pues a la postre, se queda como un film claramente sobrevalorado por ciertas voces críticas, ya que no creo que posea la suficiente calidad como para haberse convertido en lo que sin duda es, una cult movie. Aunque también es innegable que tiene algo, supongo en su desenfadada puesta en escena, en su propuesta radical, en su abierto cutrismo, en su inconformismo, en su falsa realidad en forma de hiperbole constante (pues a pesar de su absoluta brutalidad siempre parece que de background tenemos un nuevo gag de esos que tanto gustan al realizador), sin olvidarnos del mal rollo que destila la cinta por momentos.

Su estilo cercano al anime pero en imagen real, basado en un cómic homónimo (“Koroshiya 1” de Hideo Yamamoto), el tratamiento de la violencia, el carisma de los personajes y la puesta en escena de Miike reflejan claramente las intenciones del realizador con esta cinta, la anarquía absoluta tras las cámaras, sin gastarse ni un duro.

Resulta destacable la manera en que se nos presentan los personajes, por ejemplo en el caso de Kakihara (Tadanobu Asano) con una toma desde atrás mostrando parte del rostro del actor, que con un solo giro y una calada (saliendo el humo por sus “branquias”) es suficiente muestra de lo temible que puede llegar a ser, todo ello sin ni siquiera haber abierto la boca, dando fe de la tremenda presencia de un actor del calibre de Tadanobu Asano.

Tadanobu Asano ofrece la actuación que destaca por encima de todas, una brillante creación de un personaje que en ningún momento se cree a si mismo y que se erige como uno de los protagonistas más locos, amorales y desquiciados que recuerde de los últimos años. Su máximo deseo radica poder dar con el asesino (Ichi) y que este no le defraude, que le sorprenda. Es todo como una búsqueda del sufrimiento en un entorno de una ya absoluta irracionalidad.Algo innegable es que Kakihara se ha convertido en un absoluto icono de la cinematografía contemporánea japonesa, incluso a nivel internacional en los sectores más friquis y cinéfagos.

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Como buen fan de Asano, recomendar su filmografía sería caer en tópicos, pero debo reconocer que el actor suele atinar en la elección de sus proyectos (ha trabajado con lo mejorcito de Asia). Un actor que posee una versatilidad increíble, capaz de encarnar por ejemplo a un personaje tímido, retraído y suicida en potencia en la estupenda “Last life in the universe” e interpretar a Kakihara en “Ichi the killer“, un tipo chulo, seguro de sí mismo, sin límites, totalmente enfermo y creedor de que el máximo placer es directamente proporcional al autosufrimiento. Dos polos opuestos, pero en ambos casos con excelentes resultados en el trabajo interpretativo. Asano es el film, sin su presencia y sin su actuación, “Ichi the killer” no sería ni la mitad de lo que es.

Dejando de lado los litros de sangre que abundan en la peli, las torturas y palizas, de los cuerpos partidos por la mitad y de las amputaciones de lengua (entre otras “maravillas”), ¿Alguien se puede tomar en serio esta película?. Imposible.

En fin, “Ichi the killer” es un film en mi opinión interesante, aunque fallido en algunos detalles, el cual divaga en la segunda mitad con reiteraciones insulsas, pecando de exceso de metraje. Claramente deudor de la nueva carne cronenbergiana sin olvidar los guiños gore a cintas como “Hellraiser” (1987) de Clive Barker, resulta en su conjunto curioso por su forma de presentar algo ultraviolento con cierto aire cómico-friqui (para mi gusto, lejos de la maestría de un artesano como Sam Raimi) y por regalándonos a un personaje (Kakihara) totalmente carismático, llenísimo de matices, con una caracterización tanto vestuario como él mismo (piercings, cicatrices, etc…) absolutamente genial.

Un film irregular, con aciertos puntuales, que hará las delicias de los fanáticos del ketchup (mientras se tome como un divertimento friqui) y será aborrecido por aquellos que no dispongan de estomago lo suficientemente fuerte.

[1] Incluso lleva un traje como de superhéroe, aunque con cierto aire a power ranger.


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