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Crítica: “El séptimo sello” (Ingmar Bergman, 1957)

s_sealposterEl cine como un sueño, el cine como música. Ningún arte trasciende nuestra conciencia de la forma en que lo hace el cine, dirigiéndose directamente hasta nuestros sentimientos, adentrándose en las oscuras habitaciones de nuestras almas” (Ingmar Bergman)

Si existe un paradigma claro y sin lugar a discusión sobre lo conocido como cine sesudo es sin lugar a dudas, el cine del señor Ingmar Bergman, cuya obra rebosa reflexión y dilemas acerca de temas trascendentales y de índole metafísica.

Su universo es tan fascinante como inabarcable. Su cine, enriquecedor para cualquier espectador pues obliga a dejar de lado esa actitud pasiva que nos mal acostumbra el cine actual y, a la vez, nos hace identificarnos tanto emocionalmente como intelectualmente con sus obras.

El visionado de las mismas supone una experiencia sensitiva sin parangón más que una simple sucesión de imágenes, siendo una experiencia similar a la que nos ofrece el cine de otros realizadores magníficos como pueden ser Bresson o Dreyer. Cine puramente sensorial y tangible.

Desde el blog Sesiones Dobles, en una encomiable forma de honrar la memoria de este inmortal realizador, se organizó una sesión doble crítica acerca de dos de sus grandes obras maestras durante su época más metafísica, la década de los 50.

Se trata de “El séptimo sello“, posiblemente el film más recordado y más mitificado (con permiso de “Persona“) del director sueco, y de “Fresas salvajes“, las cuales rodó de forma consecutiva alcanzando un nivel de calidad y madurez remarcable.

Ambas cintas suponen viajes moralistas, en busca de un sentido a una vida ya caduca, historias existencialistas, profundas, sobre preguntas sin respuesta, sobre el abandono de la fe y la importancia del recuerdo.

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La muerte, unida siempre al destino y eterna vencedora, juega con las fichas negras, el caballero (y el doctor), con las blancas. Ambos, mediante sus respectivos recorridos (uno en busca de la fe perdida, el otro en busca de la añoranza de los tiempos pasados), desafiarán a la misma muerte, de una forma u otra.Mientras en “El séptimo sello” la muerte posee una representación física, en “Fresas salvajes” funciona todo en clave metafórica y desde la vía onírica que representa como su conciencia y su culpa.

En la cinta de corte histórico, el caballero encarnado por Max Von Sydow, parece cuestionarse su propia fe en Dios, al cual se le culpa de ser el responsable de la oleada de peste que está acabando con las gentes del país escandinavo (como si fuera un castigo divino y gran causante de la pérdida de toda creencia).

De esa incomodidad que suscita el total desconocimiento más allá de la muerte y de las cuestiones existenciales del individuo, nace la aceptación final sobre su destino y el de sus compañeros en una escena en la mesa hacia el final de la película, que puede llegar a recordar vagamente a la cena de Jesús y sus apóstoles en jueves santo.

A pesar del regusto siniestro de ambas cintas, no obstante, contienen ciertas dosis de humor entre costumbrista y en ocasiones negro de “Fresas salvajes” hasta el picaresco de la cinta medieval (en el fondo “El séptimo sello” parece una fábula de corte fantástico). También pueden verse en la misma (en las relaciones entre la “comunidad” de viajeros, ciertos ecos a los films de samurais de Kurosawa, llenos de entusiasmo, vitalidad, sencillez y honestidad ensalzando los momentos de calma y dramatizando los de sufrimiento.

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El caballero venido de las cruzadas está totalmente aferrado a su particular búsqueda incesante de Dios solo encontrando ausencia y vacío, preguntas sin respuestas y miedo al más allá, pero acabará aceptando que debe bailar con la muerte hacia otro mundo o hacia la nada, quiera o no quiera.La cinta nos habla sobre humanidad, sobre redención personal, sobre la religión (criticando a la vez temas y conductas de diferente índole relacionadas , como podría ser esas procesiones de autoflageladores, los cuales consiguen indignar hasta el simpático e irónico escudero), sobre la existencia (con su vacío), ausencia de respuestas, el poder y el misterio de Dios (que se representa como algo superior incluso a la muerte -algo físicamente visible en las últimos momentos de vida-, pues ésta no quiere hablar de ello y posiblemente le tema), sobre la ausencia de algo a lo que llaman Dios, la decepción de un vida llena de fe, sobre la necesidad de encontrar y saber.

El séptimo sello” iniciaría una etapa metafísica dentro de la filmografía del realizador, cintas con un poder visual inusitado, una estética y puesta en escena muy cuidada. Posiblemente sea de las cintas más o menos más fáciles de ver por una gran mayoría y no se erige como algo tan críptico ni tan sutilmente perfecto como pueden ser otras obras suyas posteriores como por ejemplo la inclasificable “Persona“. Este film es mucho más claro y franco para el espectador y con una evidente carga intelectual que se agradece. No existen las películas evidentes y triviales en el cine de Bergman.

Recalcar también que ambas son cintas de un marcado carácter autobiográfico, como toda la obra del director sueco.

Fresas salvajes” es una especie de road-movie a través de los recuerdos en vida y en sueño. Un examen a una vida que acaba y una conciencia castigada por el autoengaño de tantos años.

Si el personaje de Von Sydow buscaba el porqué a su pérdida de la fe, el Doctor Isak Borg (un excelente Victor Sjöström) busca en los recuerdos las respuestas al su malestar personal (como prueba de su autoestima, tenemos esa casi peyorativa descripción de si mismo en el excelente inicio del film).

Isak abandona su gélido comportamiento en busca de algo de calor humano en contra de la desesperación existencial y del vacío interior (algo también visto en cintas como “Gritos y susurros“, “El séptimo sello” o “Secretos de un matrimonio“).

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Isak revive mediante sueños la añoranza pura, son cuadros de una pasado que de haber cambiado habrían hecho de él un hombre feliz y mucho más paciente. El doctor posee una vida actual vacía pero llena en los recuerdos. A punto de morir los recuerdos suplen su realidad hastiada.Aunque debemos recordar lo siniestro y turbulento de algunos, como el inicial, absolutamente magistral, con una fotografía plenamente deudora del expresionismo alemán, y que nos viene a la mente vagamente cintas como “Recuerda” de Hitchcock y su surrealista escena onírica diseñada por Dalí.

Abundan los momentos cómicos y realistas unidos a esos momentos oníricos y metafóricos, llenos de elementos curiosos (un figurativo examen moral, reencontrarse con su pasado, relojes sin manillas, él mismo dentro de un ataúd que le arrastra hacia dentro, el encuentro con esa cuna vacía entre los árboles, etc…).

Es curioso que el propio protagonista está presente en sus sueños/recuerdos, como espectador y protagonista a la vez, algo ya visto de forma similar en cintas como justamente “El séptimo sello” o la más moderna “Oldboy” entre otras muchas.

Sus recuerdos y sueños agradables son de un tiempo muy lejano, los pesadillescos son de un tiempo presente, por tanto, nos lleva a pensar que su juventud fue próspera y vital hasta cierto punto pero que a raíz de ello nunca ha vuelto a llenarse o a tener algo significativo a nivel de recuerdo, al menos para él.

Una juventud olvidada que es recordada (a parte de los sueños) con un golpe de aire fresco por los tres jóvenes que recogen durante el viaje, 2 chicos y 1 chica (Bibi Andersson) en busca de aventura, que le hacen recordar tiempos pasados más gratos.

Otro aspecto interesantísimo de esta obra recae en las relaciones entre la familia y sus variaciones a lo largo de la trama. La más interesante de todas es, sin lugar a dudas, entre el doctor y su nuera (Ingrid Thulin, en un papel de mujer tan fría, seria y casi artificial cercano -aunque salvando las evidentes distancias- al de hermana interpretado en “Gritos o susurros“o como si de una Kim Novak en los films hitchcockianos se tratase, más que actriz, parece casi un modelo de los de Bresson) en un constante cambio a mejor, mientras éste ve a su hijo a su imagen y semejanza. Es increíble como Bergman muestra el rostro humano, con unos primeros planos admirables y llenos de sobriedad y detalle.

Junto a Dreyer, Bergman fue posiblemente el director que supo explorar mejor el rostro humano (Ingrid Thulin en este film) pero sobre todo en “Persona” con Bibi Andersson y Liv Ullman.

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Una cinta sobria, contenida, emotiva sin llegar a sentimentalismo fácil, sugerente, reflexiva, cercana, fresca y a la postre fascinante.”Fresas salvajes” supone una radiografía sobre el inexorable paso del tiempo y en lo que nos hemos convertido o querido convertir, en la apariencia y en como nos recuerdan o queremos que nos recuerden, con una narrativa prodigiosa y una planificación a base de acertados flashbacks y sueños llenos de metáforas sobre la vida, digna de elogio.

Dos films asombrosos, inolvidables e imprescindibles. Cine puro, del que no se hace hoy en día.


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