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Crítica: “El malvado Zaroff” (Ernest Schoedsack, 1932)

zaroffTras un naufragio en el Pacífico, el famoso cazador Bob Rainsford (Joel McCrea) llega a una pequeña isla dominada por un maniaco de origen ruso llamado Conde Zaroff (encarnado excelentemente por el gran Leslie Banks), enorme aficionado a la caza y poseedor de una especie de mansión gótica llena de secretos, en donde oculta una tenebrosa “sala de trofeos”.

Zaroff pretende llevar su idea de caza hasta los límites más insospechados, convirtiéndose en un asesino que ocupa su tiempo en perseguir y acechar a sus invitados como si de una batida de caza se tratase.
La siguiente víctima será el propio Rainsford, acompañado de la bella Eve Trowbridge (Fay Wray), proponiéndoles un macabro juego de supervivencia.

A diferencia de muchas cintas de terror que buscan lo puramente sobrenatural o fantástico, aquí el terror es ante todo humano, mucho más cercano, un terror hacia nosotros mismos y sobre los limites del fanatismo perverso. En ese aspecto, se presenta como una cinta mucho más retorcida en comparación con algunas que ofrecían en aquella época. El film deja constancia que el ser humano es el único ser del planeta capaz de matar por el simple hecho de hacerlo, y lo que es peor, que puede llegar a disfrutar por ello y sentir placer. Zaroff se nos presenta como una especie de conde Drácula, pero mucho más malvado y más real, y sin las ansias experimentales de otro personaje desquiciciado de mundo del fantástico como es el Dr. Moreau.

Sobre todo, el film apuesta por reflejar un modelo de personaje elegante, educado y culto (al estilo del conde Drácula) pero -aunque la cinta posee evidentes connotaciones fantásticas-, éste para ser despojado de todo carácter irreal, alejándose un poco de la ciencia-ficción de la época, apostando por alguien mucho más cercano a nosotros y mucho más identificativo (lo que equivale a más terrorífico), es decir, no tan exageradamente irreal o extremadamente fantasioso.

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La cinta efleja claramente que a quien debemos temer realmente es a nuestra propia especie. Algo que en los 80 volvería a dejar más que claro Ruggero Deodato con su Holocausto caníbal, o en la reciente cinta de David Fincher: Zodiac, en donde -a parte de citar a esta cinta en cuestión-, se subraya más el hecho de la fascinación de un maníaco por asesinar y el placer que ello le provoca, además de ser una radiografía sobre la descomposición de los cazadores (periodistas y policias) presos de la obsesión por la investigación.

Zaroff es tan sumamente elegante que hasta sus armas lo son, nunca se le verá cazando con un hacha o un machete, prefiere usar o bien su precisa escopeta de caza o su estilizado arco, convirtiendo su caza en algo mucho más refinado que arcaico o animal.

El malvado Zaroff constituye una de esas injustícias claras en el mundo del cine por haber caído tristemente en el olvido de muchos espectadores, cuando es una obra de género de terror-aventuras magistral, arriesgada y redonda. Mientras el cine de terror actual (en general, salvo algunas excepciones) se dedica más a buscar el efectismo barato (1), el trabajo con la atmósfera y con la creación del personaje del conde es ciertamente remarcable. La atmósfera es un personaje más de la trama, con esas brumas en los pantanos, con esos pasillos de la mansión tenebrosos y llenos de oscuridad o con esos rostros perfectamente iluminados (sobre todo el trabajo de iluminación con el rostro del conde).

Schoedsack (el cual repetiría como codirector en esa otra obra maestra llamada King Kong junto a decorados y a Fay Wray) y Pichel consiguen jugar con la profundidad de campo de forma antológica, sin olvidarnos del gran trabajo con los escenarios naturales, los elaborados travellings, el uso tan inteligente de la cámara subjetiva en un momento de la trepidante persecución final, un gran trabajo a nivel de narrativa (se va al grano de una forma tremendamente eficaz sin eludir un argumento tan interesante como profundo, por muy simple que a priori parezca), un uso de la música fantástico o unos primeros planos que van desde lo inquietante hasta lo meramente terrorífico, todo ello arropado por una luz totalmente expresionista. A recalcar el magnífico plano final, con un trabajo de encuadre y profundidad de campo brutal.

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Schoedsack, junto a Merian C. Cooper, explotarían el tema de la caza en su siguiente film: King King, en donde Fay Wray -encarnando a la bella e inmortal Ann Darrow-, volverá a ser cazada pero en esta ocasión por un animal, el cual es maltratado, manipulado y finalmente asesinado por el ser más miserable de este planeta: el hombre, el verdadero animal a temer.

La conseguidísima atmósfera de El malvado Zaroff, su corta pero justa duración (apenas hora y poco), su estructura narrativa unida al trepidante ritmo y a la magnífica partitura de Max Steiner la convierten en un clásico a rescatar del terrible olvido. No solo es un film al que no le pasa factura el tiempo sino que encima gana con cada revisionado. Maravillosa. Una obra maestra.

(1) Como por ejemplo, la saga Saw que pretende vender como nuevo una idea manida y de tintes algo similares a la de Zaroff por el hecho de que él también propone un juego de supervivencia y da una oportunidad de salvación a su presa. Pero recalcar que en esta cinta todo es siempre desde el buen gusto por el buen terror y las aventuras, no via las chapuzas de la insufrible saga del sr Jigsaw.


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