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Crítica: “Crepúsculo” (Catherine Hardwicke, 2008)

High School Vampirical:

En una tarde nublada de invierno del año 2008, en el extinto cine Lauren Sant Andreu, tuvo lugar una de las experiencias cinematográficas más terribles que pueda sufrir cualquier ser humano. Bajo la indocumentada recomendación de la ex de un servidor, unos cuantos amigos aceptamos ver lo que ya apuntaba a auténtico bodrio por y para teens. ¡Y vaya si se confirmó!. Lo peor no fue la soporífera cinta sino los continuos gritos y aplausos de una marabunta de niñas (y no tan niñas) cada vez que hacía aparición el sosainas del Pattinson. Audiocomentarios gratuitos de dudosa calidad vamos. Pero vayamos a comentar el film, porque tiene delito.

En los últimos años a Hollywood le ha dado por las sagas, desde dípticos, trilogías, cuatrilogías y hasta septologías. La mayoría de los casos son adaptaciones literarias que en ocasiones resultan afortunadas (“El señor de los anillos“) pero que en otras decepcionan sobremanera (“Las crónicas de Narnia“). Dejando de lado esas dos categorizaciones, existe otra a la que podríamos bautizar perfectamente como teen trash, en donde se ubicarían revisiones de clásicos con regusto acnéril (“Caperucita Roja (¿A quién tienes miedo?)” (2011)) y sagas basadas en auténticos excrementos literarios cuyo target parece enfocado a emos sin neuronas y que para colmo pretenden ofrecer un universo propio desde el vacío más absoluto. Ahí es nada. Dos ejemplos claros de ello serían “Crepúsculo” o la próxima “Fallen” (2012).

Seamos francos, “Crepúsculo” no es más que un producto asquerosamente mainstream, ideado y pensado para amasar dinero adolescente y que presenta una tremenda dejadez y falta de gusto en todos y cada uno de los ámbitos que abarca (dirección, fotografía, actuaciones, historia, vestuario, maquillaje). Sin embargo funciona a la perfección como comedia e incluso como parodia vampírica (aunque sin llegar al nivel de “Brácula: Condemor II“), ya que en esta propuesta el terror brilla por su ausencia y ni tan siquiera tenemos un romance mínimamente creíble.

Fotograma de Crepúsculo

Eh tú, vampiro, ¡estoy libre!

La cinta firmada por Catherine Hardwicke inicia su metraje con la historia de Bella (Kristen Stewart), una chica que vive con su madre y su nuevo marido en la soleada ciudad de Phoenix pero que debido a los constantes viajes que éstos tienen que hacer (todo sea por el baseball) no tiene más remedio que mudarse al lluvioso pueblo de Forks, donde solía pasar los veranos con Charlie, su padre.

Nada más llegar al lugar, Bella se reencuentra con Jacob (Taylor Lautner), un amigo de la infancia que aunque por ahora parezca sólo un inofensivo indio, dará mucha guerra testosteronil en próximas entregas. Pronto Bella tendrá que acudir a su nuevo instituto -el horror de todo adolescente un tanto introvertido- en donde no pasará desapercibida para el típico curioso pseudo periodista de turno ni para un jugador de basket que babea desde el minuto 1. Como todo buen high school americano, tenemos los típicos clanes y grupitos de turno entre los que destaca el formado por los Cullen: una familia de bebedores de sangre inmortales con más maquillaje que Carmen de Mairena en una noche loca y que creen que Halloween es forever and ever. Con chaquetas caras, pelo engominado y despeinado al estilo Son Goku, unas Ray Ban en el bolsillo por si acaso y expertos en echar miradas supuestamente inquietantes, los Cullen son los chicos raros del instituto y a la vez los intocables (sin ninguna razón lógica aparente). El por qué siguen acudiendo al cole siglos después para luego no relacionarse con nadie y quedar a jugar al baseball entre ellos es una de las muchas cosas que no tienen sentido en este pastiche, pero sigamos.

Desde un primer momento, Bella queda profundamente prendada de Edward Cullen (el que va de James Dean de la troupe vamos) echándose ambos unas miraditas muy cinematográficas y tal. Pero mientras una está pensando en “Oh, que guapo es”, el otro más bien quiere un “¡batido de sangre ya!”. La chica todavía no sabe que es sólo un vampiro sosainas, pero bueno, en entregas posteriores veremos la evolución que sufre su personaje para llegar a ser la perfecta calienta pollas. El primer encuentro formal entre Bella y Edward es harto ridículo. Se produce en clase de biología. Ella entra, saluda al profesor y se sienta a lado de Ed (para los amigos). Al hacerlo, éste no hace más que taparse la nariz y poner cara de ataque de apendicitis aguda. Ella se pregunta si ese día no ha pasado por la ducha y empieza a sentirse mal. Edward tardaría casi medio curso en volver a clase de Biología y no, no era porque Bella tuviera exceso de flatulencia o su desodorante caducara en 1997, sino simplemente era porque él no es más que un chupasangre moña que intenta dominar sus instintos animales a duras penas. Impresionante arranque, si señor.

Fotograma de Crepúsculo

Bella, mañana quedamos para hacer una analítica en mi casa.

Los Cullen son unos vampiros amables, ridículos y extremadamente castos. Atrás quedaron Drácula, Nosferatu o Lestat. Ni rastro de la mitología vista en las novelas de Bram Stoker o Anne Rice y por supuesto ni estacazos, ni decapitaciones ni achicharramientos bajo el sol. Aquí nos encontramos unos vampiros que se han autoimpuesto la disciplina de consumir únicamente sangre animal (algo así como los “vegetarianos” dentro de su mundo) y lo que es todavía más execrable: no arden bajo el sol sino que brillan. Vampiros con purpurina, ¡lo que nos faltaba!. Estos vampiros de Carrefour tampoco destacan en el arte de amar pues pocas veces se ha visto un romance tan casto y descafeínado como el de este film. Nula química entre los protagonistas y demasiado cursi para un público adulto con un mínimo sentido del gusto. Nada que ver con la pasión existente entre Drácula y Mina.

Incapaz de resistirse a pasar tiempo con Bella, Edward le desvela su secreto con la esperanza de ahuyentarla, pero sólo consigue que la adolescente quede más prendada de él. Ya se sabe: vampiro rebelde, ligue seguro. Pronto, la joven pareja resulta inseparable y la lucha interna de Edward se intensifica (unido a una galería de rostros a cual más inexpresivo) ante el devorador deseo de Bella de convertirse en uno de ellos.

Los viajes saltarines por el bosque, los patéticos vampiros nómadas que quieren a Bella como menú del día, la presentación de la família Cullen, el partido de baseball a ritmo de Muse (¡qué contraste tan horrible!) o el horrendo happy ending desnudan definitivamente y sin pudor la naturaleza de este olvidable título. Estamos ante un teen trash film prefabricado bajo una template chunga, que juega en la misma liga que “High School Musical” y que contiene todos los elementos que caracterizan a este tipo de propuestas: canciones por doquier (el silencio no existe en “Crepúsculo“), FX amateurs, abundantes dosis de cursileria, personajes estereotipados y una realización videoclipera de lo más tosca que logra aturdir hasta al acérrimo fanático de las producciones Bruckheimer. Está claro que las mentes perversas creadoras de este engendro han considerado como nimiedades elementos capitales necesarios en todo buen film como son la planificación, la puesta en escena, una cuidada fotografía (aquí han puesto un filtro de tonos azulados y se han quedado tan anchos), unas actuaciones trabajadas (innumerable sucesión de yogurines con cara de cartón) y un guión con cara y ojos. Si al menos fuera una película honesta y no se tomara en serio a sí misma, quizás se ganaría una estrella, pero sus elevadas pretensiones la condenan irreversiblemente a la hoguera.

La vacuidad hecha película. El anticine en estado puro. De vergüenza ajena vamos.


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