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Crítica: “53 días de invierno” (Judith Colell, 2006)

53diasEl invierno: ¿Estación o estado de ánimo crónico?

Barcelona. Una noche en pleno invierno en donde tres personas coinciden en una parada de autobús. Asisten atónitos como un coche que pasa deja abandonado a un perro atado en una farola. Celso (Àlex Brendemühl), indignado, recoge al animal. Tres vidas cruzadas únicamente por un momento, ese momento, pero que serán paralelas durante todo el film. Vidas que sufren abandono, sufrimiento y engaño como ese pobre animal desamparado.

Mila (Mercedes Sampietro), encarna a una profesora de instituto que lleva un año de baja tras sufrir una agresión por parte de uno de sus alumnos. Su vida es puro temor, evitación y sufrimiento. Concluida su baja se enfrenta de nuevo a sus miedos y al temido regreso a la escuela. Deberá afrontarlo con valentía y actitud. No es tarea fácil pero tampoco imposible. Un personaje que vive sola aunque parece detestar la soledad, la vida le pide cambios y renovación. Para ello, se apunta a clases de tango con una compañera de escuela y se encarga de cuidar y otorgar su amistad a una anciana descuidada, privada de sus cuantiosos perros vagabundos y totalmente invisible para el resto del mundo, excepto para los vecinos cuando se quejan de ella. No solo comienza a darse cuenta de las grandes injusticias a personas que la rodean, sino que, y lo más importante, decide actuar.

Celso (Àlex Brendemühl) trabaja de guardia de seguridad en un centro comercial (ubicado en Diagonal Mar), está casado, es padre de un hijo y su mujer espera a gemelos. Forma parte de una familia que sufre de problemas económicos y que finalmente éstos llevan al límite al personaje. Un personaje en busca de su propia identidad, intentando sentirse útil para la sociedad que le rodea, dar el callo en su familia y conseguir solución su grave economía y su incierto futuro. Todo esa presión interna que envuelve al personaje hace que la impotencia y la rabia le cieguen y cometa un error que jamás podrá perdonarse (o eso parece), el cual hace que la vergüenza y la culpa le invadan.

Valeria (Aina Clotet), es una joven estudiante de violoncelo, con una turbia relación familiar: sus padres se separaron, su madre no lo acepta y su convivencia con ella se vuelve insoportable) y su padre y su hermano (al que no vemos) constituyen la parte pasota de su familia. Para colmo, la relación amorosa que sostiene con su profesor de música no parece funcionar y le conduce a un tormento interno y existencial difícil de superar.

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El invierno en el film no solo representa la estación en si, sino el estado de ánimo de cada uno de los personajes, acentuado con esa fotografía de tonos grisáceos y de naturaleza fría. Es un personaje más de la trama, que como las pequeñas desgracias e imprevistos de la vida, es de carácter eventual.

Cada uno de los personajes debe volver a aprender a vivir, a aceptar sus derrotas, a afrontar sus propios errores y sobre todo a quererse más a ellos mismos. Las actuaciones es uno de los puntos fuertes de la cinta. Unos soberbios, como siempre, Àlex Brendemühl (visto en tantas cintas arriesgadas) y Mercedes Sampietro, y una fascinante, guapa y sorprendente Aina Clotet. Son el alma del film, sin lugar a dudas.

El film de Judith Colell toca temas tan interesantes como los problemas en las relaciones entre hijos y padres, poniendo sobre la mesa si verdaderamente los hijos pueden llegar a ser responsables del bienestar de sus progenitores. Otro de los temas es la importancia individual de la mujer, sus estados anímicos, la falta de igualdad, su lucha diaria y el abandono (las 3 mujeres del film -Mila, Valeria y su madre encarnada por Silvia Munt- son abandonadas y viven en soledad, ninguna de ellas tiene amigos ni compañías excepto amores -ya sean antiguos o actuales- y evidentemente sobreviven mediante la nostalgia).

A parte de la soledad y el desamor, quizás el tema mejor tratado sea la culpa y la conciencia. Porque ¿es egoísta intentar buscar la felicidad de nuevo si con ello haces daño a los tuyos o es del todo lícito, dado que sólo vivimos una vez?. Es una de las cuestiones que plantea de forma notable la cinta. La mala conciencia lleva a los personajes a huir y a recluirse en si mismos, pero finalmente surge un brote de esperanza y deciden actuar y afrontar. Por ello, considero a la cinta como optimista a pesar de su trama claramente dramática.

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Únicamente la fría música de Bach pone sonido a las bellas y sobrias secuencias del film, con un ritmo narrativo pausado como si del paso de la estación más fría se tratase, que consiguen al espectador atraparlo con su calidad, sencillez y austeridad.

53 días de invierno es un film que apuesta por los postulados de la Escuela de Barcelona de los Guerín, Rosales o Lacuesta entre otros. Un film rodado con un tono claramente entre estilo documental y ficción, con esos ligeros movimientos de cámara dotando de veracidad a la imagen, acompañando y acosando (normalmente desde atrás) al personaje en su aventura existencial, como si de su sombra se tratase. Colell apuesta por encuadres más bien cerrados, filmando las habitaciones como Jaime Rosales, es decir, desde fuera y mostrando los marcos de las puertas de las mismas, evitando cualquier música que no sea diegética y cualquier artificio con la cámara que no sea mostrar la realidad contada.

Uno de los mejores films sobre la soledad, la fragilidad de la vida y la culpa. Sus tres personajes protagonistas se sienten invadidos por la soledad, están tan solos como cualquiera de nosotros, y su fragilidad es un claro reflejo de la sociedad en la que viven. Tres personajes al borde de sus fuerzas. Tres personajes que viven sus vidas en un mundo frío como el nuestro, en el que resulta cada vez más difícil la comunicación con los demás, en el que es mucho más fácil odiar que amar, en el que no se respeta la vida y en el que el éxito tan solo se mide bajo un parámetro: el dinero. Todo nos lleva a esta fragilidad y a esta vulnerabilidad. La infelicidad puede hacer que cualquier detalle nos haga caer en un abismo. Eso les sucede a Mila, Celso y Valeria, y los tres tendrán que encontrar una nueva manera de vivir la vida. Porque en la vida, aún cuantiosas dificultades, siempre hay esperanza y eso jamás les podrá ser arrebatado.

Un film coral sensible, arriesgado, que respeta la inteligencia del espectador y que ofrece una visión fascinante sobre la fragilidad de la cotidianidad. Notable cinta catalana.


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