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Crítica: “Bigger than life” (Nicholas Ray, 1956)

Ed Avery:Abraham construyó un altar, colocó la leña y obligó a su hijo Isaac, atándole, a ponerse encima del mismo.Y Abraham tendió su brazo y cogió el cuchillo para degollar a su hijo.
Lou Avery:Ed, no lo has leído todo. Dios detuvo a Abraham.
Ed Avery: Dios estaba equivocado.

Tras ganar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se coronó como rey del mundo sin oposición alguna. Una vez erradicado el fascismo, con el objetivo de mantener el triunfo cosechado, el país tuvo que crearse nuevos enemigos.

Con el temor de la guerra fría y bajo el mandato del senador MacCarthy desde 1950 hasta alrededor de 1956 se produjo una intensa persecución anticomunista popularmente conocida como “Peligro rojo” (Red Scare) que abarcó todo tipo de acusaciones. No solo se persiguieron a presuntos comunistas (Dalton Trumbo tuvo que trabajar bajo pseudónimo en muchas películas) sino también -como era el caso de Nicholas Ray- a homosexuales o bisexuales lo que denominaban como “peligro de espliego” (The lavender scare).

Durante esa década, la de los cincuenta, la familia americana media, siendo brutos, daba auténtico asco. Poseían una vida fabricada a base de falsedades y apariencias, quedando como parejas tan imperfectas (en sus ansias de perfección) como fallidas. Todo esto lo podemos encontrar en por ejemplo algunas novelas de Richard Yates o Francis Scott Fitzgerald y por supuesto en el cine de Nicholas Ray entre otros.

Debido a una extraña y letal enfermedad llamada periartritis nodosa -una inflamación fatal de las arterias-, Ed Avery (James Mason) un reputado profesor y padre de familia, deberá tomar una droga en experimentación (cortisona) para poder prolongar su vida. Lo que en un principio parecía un remedio acaba convirtiéndose en el verdadero problema, pues dicha medicación (autodosificada por el propio Ed) acaba provocándole alteraciones mentales que repercutirán en su trabajo en la escuela y en sus relaciones familiares.

Es bien sabido que al bueno de Nicholas Ray le gustaba dar hostias al American way of life y no dejar títere con cabeza. Siempre hizo un cine incómodo y muy personal, con personajes oprimidos y excluidos. Y esta película es un claro ejemplo de ello. Si ya en uno de sus films anteriores “Rebelde sin causa” (1955) analizaba toda una generación de jóvenes ávidos de nuevas sensaciones / experiencias y de rebelarse en contra de la represión establecida, aquí en “Bigger than life” -por estos lares titulada como “Más poderoso que la vida“- hace lo propio con los prejuicios de la América profunda, con el conservadurismo ultra, removiendo todos los estamentos de la familia media acomodada y criticando de paso desde los métodos educativos hasta el papel de la iglesia. ¡Casi nada!.

Lo que hoy en día sería un telefilm barato de aquellos que empiezan con el famoso “Basado en hechos reales“, digno de ser emitido durante las tardes de Antena 3, Nicholas Ray -aún partiendo de un material con pocas posibilidades dramáticas (recordemos que se basa en un artículo periodístico)-, gracias a su gran pulso narrativo y al uso que hace del espacio (todo un maestro del encuadre) consigue sacar jugo de dicho material de una forma verdaderamente notable y, aunque posee sus altibajos y un final tan abrupto como decepcionante, “Bigger than life” es una melodrama excelente y formalmente destacable.

Curiosamente fue concebida en el seno de la industria hollywoodiense y a pesar de ello resulta ejemplar en su disección de los entresijos del habitual conservadurismo familiar yanqui, pues el film lejos de quedarse únicamente en una denuncia categórica acerca de las secuelas que crea la adicción a un medicamento, existe un uso metafórico al respecto. Ray usa la enfermedad como gran excusa para hacer crítica, ya que de esa transformación, de esa mente supuestamente desequilibrada, tristemente salen verdades como culebras dejando en entredicho las normas sociales que rigen en una sociedad supuestamente perfecta.

Y es que justamente lo más interesante del film, no es la trama en si (cuyo valor dramático es irregular), sino como Ray usa esa transformación del personaje para de forma subterránea ir preparando el terreno hasta el estallido final. Ray no solo transforma al personaje interpretado por James Mason sino que aprovecha la contienda para también transformar la casa convirtiéndola en una especie de haunted house siniestra en donde la luz natural de las mañanas ha dado paso a las sombras. Si al principio del film la fotografía potenciaba la luz y los colores vivos (haciendo un uso del Technicolor maravilloso), poco a poco, la fotografía muta hacia una luz puramente expresionista y con claroscuros, más propia del cine negro (y por ende del cine alemán de Lang y compañía).

Otro detalle muy interesante que Nicholas Ray tuvo en cuenta fue la arquitectura de la casa y los cuadros de ciudades (todos ellos de poblaciones italianas) omnipresentes en habitaciones y pasillos. Dichos cuadros representan la única vía de escape para el personaje de Mason, el cual posee una vida forjada a base de monotonía y estrictas reglas sociales. Viven de sus mentiras y el hecho de (aparentar) ser una familia de clase media no elude la precariedad de sus existencias (recordemos que el personaje de Mason es pluriempleado). Una precariedad reflejada por el director con extrema precisión.

Es interesante ver la importancia del término monstruosidad en la cinta. Claramente, se podría hacer un símil entre Ed Avery (James Mason) y el Dr Jeckyll de la novela de Stevenson, puesto que ambas tratan de la polaridad del ser humano: el bien y el mal. Mientras el doctor Jeckyll se tomaba una pócima para convertirse en Mr Hyde, en donde -además de cambiar su aspecto físico- su fuerza e inteligencia se multiplicaban y el mal se establecía claramente dominante, la metamorfosis de Ed Avery se produce más a nivel mental y psicológico, producto de la automedicación en exceso.

Pero lo que prometía acabar con un desenlace fatal, parece corregirse en el caso de Avery, al menos en parte, dosificándole las dosis de su particular “pócima” por parte de sus médicos. En cambio el alter ego del Dr Jeckyll (Mr Hyde) ya no es producto de una transformación sino algo permanente debido a la ausencia de un ingrediente fundamental en la poción. Ambos personajes necesitan su particular “poción” para seguir viviendo de alguna forma (en el sentido estricto de la palabra en el caso de Avery y para degustar placeres antisociales prohibidos en el caso de Jeckyll). Tanto uno como otro acaban siendo controlados por su parte malvada y lo que en un principio parecía una enmienda acaba siendo una tragedia. En ambos casos la droga o poción domina y decide en sus vidas.

Siguiendo con la monstruosidad del personaje de James Mason y su metamorfosis psíquica, es interesante como Ray muestra el proceso. Lo que empieza con ligeros cambios de humor y efusividad acaba en megalomanía, evasiones de la realidad, paranoia, aires de grandeza y un perfeccionismo radical que le lleva al machismo hacia su esposa y al maltrato moral y físico de su hijo.

Junto a “El hombre del brazo de oro” (1955) de Otto Preminger, fue una de las primeras cintas que trató sin tapujos el tema de la dependencia y adicción a las drogas. Y gran parte de culpa del éxito de la propuesta es de James Mason (también es el productor de la cinta) y su compleja actuación, representando la bipolaridad de su personaje a la perfección. Sobre los secundarios, magnífica Barbara Rush como la mujer de James Mason en un papel de perfecta esposa sumisa que intenta autoconvencerse constantemente de que son una familia perfecta, y un correcto Walter Matthau como el amigo y más sensato personaje.

Es agradable descubrir o revisionar un cine que invite a la multitud de lecturas, carente de subrayados y que ofrezca mucho más tras la superficie. Ese sería el caso de la película en cuestión, formada por dos líneas argumentales claramente definidas y no menos interesantes. Por un lado tenemos la trama principal que narra los caminos de la medicina y su experimentación con nuevos fármacos, la inconsciente y ansiosa voluntad de curarse con “la pastilla mágica” que lo solucione todo. Justamente es la línea que peor ha acusado el paso del tiempo, no solo por el exagerado e inexacto tema de la cortisona (James Mason parece que no retiene líquidos), sino por todo en general.

Más siniestra es la línea subyacente que se crea poco a poco y sin casi hacer ruido, primero con pequeños brotes y luego con una exaltación total unida a paranoia y delirios. De esa segunda línea, de ese personaje absolutamente descarriado se asoman verdades como puños, las cuales ponen en entredicho el status social del que tanto alardeaban ciertos sectores tan ultras como falsos.

El punto álgido de este desdoblamiento de personalidad lo tenemos cuando Avery (recordando al personaje de Harry Powell en “La noche del cazador” (1955) de Charles Laughton) invoca el sacrificio de Abraham como solución al “problema” con su hijo, y ahí sale a la palestra el engranaje latente de una sociedad tremendamente ultraderechista. En esa escena de tono carmesí queda patente la psicosis patológica del personaje. El final es sin duda lo más decepcionante de la cinta, pero no por ello empaña el resultado final. Lo lógico es que dicha patología psíquica fuera irreversible, siendo una de las víctimas de la sociedad que él mismo seguramente defendió en su día, y de paso reforzando todavía más la caña dada a yanquilandia durante el resto del metraje. Pero nada más lejos de la realidad, pues resulta un final cuanto menos complaciente y un tanto ingenuo.

Del film destacaría tres escenas por encima de todo. La singular escena inicial en la casa de los Avery en la que el padre se acerca a su hijo, el cual está en el comedor viendo un western y le dice: “¿No te aburre ver esto? Es siempre la misma historia.” a lo que él responde: “No. Ya lo sé”. Es bien sabido que Nicholas Ray realizó varios westerns anteriores a este film (por ejemplo la extraordinaria “Johnny Guitar” (1954)), westerns para nada convencionales por su tratamiento espacial y su carácter híbrido, con elementos tomados de otros géneros como el melodrama e incluso el fantástico. Esta escena de “Bigger than life” representa claramente la visión opaca (o directamente ceguera) de los pro macarthistas y censores respecto al género del western, pues en las cintas de dicho género, Ray hacía (en palabras de un crítico norteamericano) “una impresión del presente filmada a través de los mitos del pasado“.

La segunda escena que destacaría sería aquella en la que se rompe el espejo (primera captura incluida en el post). Ese es el punto (observando su rostro desfigurado por el cristal fragmentado) en donde Ed Avery decide automedicarse para alcanzar ser quién era sin más sufrimiento. No se da cuenta de que más allá de su enfermedad, su verdadero problema es el miedo y la ansiedad existencial. El recurso de la evasión (un exceso de trabajo para mantener los privilegios de una vida acomodada o el consumismo desenfrenado tras salir del hospital) no dará resultado para mantener alejado el dolor. Debe “reconstruir” el espejo resquebrajado, afrontar sin miedo el cambio y aceptar la realidad y la verdad.

Por último, la tercera escena más destacada sería cuando Ed obliga a su hijo a realizar unos ejercicios castigándole psicológicamente y privándole de la cena hasta que los termine (segunda captura incluida en el post). Una escena de tintes terroríficos y con una luz claramente expresionista y deudora del mejor cine negro. Un padre obsesionado con que su hijo sea digno y esté a la altura de la sociedad, una madre superada por la rectitud de su marido y sus delirios, un niño atormentado por no responder a las enormes expectativas de su padre.

Bajo la excusa de narrar las desventuras de un profesor y padre de familia que padece una extraña enfermedad y lejos de quedarse únicamente en una denuncia categórica acerca de las secuelas que crea la adicción a un medicamento, Ray realiza una brutal crítica al conservadurismo y la conformidad de la América de la posguerra. Una buena hostia al Macarthismo y al American Way of Life y un retrato sin concesiones de la enorme fragilidad de dicho sistema social. En cuanto al trabajo de Nicholas Ray en la dirección, simplemente perfecto, destacando el pulso narrativo, el poderío visual que desprenden las imágenes, el trabajo maestro con el Cinemascope, el uso del Technicolor (como quizás solo Vicente Minnelli sabía potenciar) y una puesta en escena marca de la casa, con una composición de los planos y un uso del encuadre memorables. Un director único a la hora de transformar lugares con la luz y el ángulo, en analizar a cada uno de sus personajes y profundizar en sus conflictos personales. Como diría Godard “Hubo teatro (Griffith), poesía (Murnau), pintura (Rossellini), baile (Eisenstein), música (Renoir). De ahí en adelante hay cine. Y el cine es Nicholas Ray“. Cuánta razón tenía.


3 Comentarios

3 comentarios

  1. Ramón

    14/03/2010 at 10:29

    Me ha encantado el comentario. Tengo que ver la película, la cual desconocía hasta hace poco.

    Saludos !!

  2. Miguel C.

    16/03/2010 at 11:34

    Hola:

    Totalmente de acuerdo, la vi hace años y pensé lo mismo que tú. De caer en manos de otro director, otro gallo hubiera cantado 😀

    Saludos
    Miguel

  3. Xavi Darko

    16/03/2010 at 15:40

    Hola,

    merece mucho la pena la peli ramón, bueno como cualquiera de la filmografía de Nicholas Ray.

    Si Miguel, la trama “based on true story” holía a peli de sobremesa de Antena 3, pero el oficio de un director de la talla de Ray sale a la palestra de forma más que notable.

    Un saludo

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