Clásicos Criticas Drama

Crítica: “Alemania año cero” (Roberto Rossellini, 1948)

a_annozeroDurante el último tramo de “Roma ciudad abierta“, uno de los generales nazi, pronuncia las siguientes y reveladoras palabras: “Seremos aniquilados por el odio. Todos moriremos. No somos una raza superior”. “Alemania año cero“, sería la confirmación visual de ello.

Roberto Rossellini cerraba su particular trilogía de la libertad, con el capítulo más sombrío y desesperanzador de todos los que la forman y que, continuando con un estilo neorrealista marcado, supone claramente la victoria del minimalismo de lo real sobre lo efectista o artificial.

Unas calles desoladas, casi deshabitadas, fantasmagóricas, producto de la guerra más devastadora, sirven como escenario para mostrarnos conflictos familiares, ideales equivocados, precariedad, hambre y todo ello desde la visión de un niño, es decir, la sociedad reflejada a través del individuo único.

La cinta no solo es un retrato visual y realista de las secuelas de la guerra y de los efectos e influencia del idealismo nazi en un pequeño, sino que también es una batalla psicológica (toda ella en mutismo, y plasmada con un rotundo realismo, sin recurrir a elementos que podrían ser artificiales como la voz en off o el exceso de elipsis). Un viaje a un horror real, lleno de tortura psicológica por el peso de la culpa moral y de la conciencia en un entorno devastado.

El personaje de Edmund, el niño, es alguien perdido, desubicado, el cual comete un gran error y coge el camino más rápido aunque no el más acertado. Como única justificación al hecho, podríamos decir que el chico es como una antitesis de los nazis por asumir su culpa, es decir, él no quiere convertirse en uno de ellos, en uno de los que han propiciado ese desastre viviente (porque él lo ve en las ruinas y en la pobreza) y sabe que una vez cruzada la línea ya no hay vuelta atrás. Es la visión desesperanzadora y trágica de un niño que es incapaz de vivir con tan tremendo pecado sobre sus espaldas y que su mundo le ha corrompido de tal forma que es incapaz de salir de ese laberinto.

Con una gran fuerza visual de unas imágenes imperecederas y dignas de conservar como documentos para la historia, uniendo sentimiento (siendo impactante en vez de sentimentalista) y cruda realidad con una sobriedad pasmosa, la obra, formalmente, es de un rigor prácticamente documental llevando el estilo hasta el límite. La valentía y la tremenda dificultad para rodar entre ruinas y, sobre todo, por como lo hizo, es digna de alabar.

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Particularmente opino que, en cuanto a estilo, va mucho más allá que las dos entregas anteriores de la trilogía, pues en esta, el realizador italiano nos narra una historia con un minimalismo apabullante (mucho más aún si cabe), en donde todo es a través del individuo (en un fiel reflejo de si mismo y de la sociedad que le envuelve), sin ningún tipo de efecto ya sea técnico o narrativo, sin aparentes falsedades o artificios y en donde se nos muestra la sociedad tal como es y se hace una crítica de ella. No existen los decorados, todo es real, se usa la luz natural para la fotografía y el los actores no son profesionales a los cuales, como no había un guión preestablecido y escrito en su totalidad, se les dejaba muchísimo improvisar.

La mayor parte de la obra de Rossellini contiene un trasfondo trágico ciertamente significativo, ya sea sobre el desastre de la guerra o posguerra (como se puede ver en la sensacional “Roma ciudad abierta” y su durísimo final), en el drama y el abandono psicológico progresivo de una madre tras el suicidio de un hijo (“Europa 51“) o en los graves y rocosos problemas matrimoniales (“Te querré siempre” o “Stromboli” en donde describían en forma de documental geológico la zona, su historia y su composición, haciendo símiles con la relación de amor entre los personajes y sus capas). Es una constante en su obra y que no sabremos si hubiera sido así de no haberse producido la pérdida familiar que tuvo.

Alemania año cero” tiene ciertas similitudes con films que retratan de una forma, más o menos similar, la pérdida de la inocencia y la madurez premeditada de un niño.

El film japonés “Nadie Sabe” de Hirokazu Kora-eda es un retrato sobre la crueldad de la vida, lo que realmente significa alcanzar la madurez siendo un niño y lo que conlleva eso. Nos habla también de sobrevivir más que de vivir, de cómo enfrentarse al mundo exterior, como llevar una familia sin saber hacerlo, como querer llorar y no poder hacerlo, de ser responsable cuando no sabes, de madurar cuando se es aún inocente, de perder la ilusión de jugar y solo pensar en como acabar el día con algo de comer. Una película tremendamente rosselliniana, de estilo neorrealista (escenarios reales de Tokio, actores no profesionales, situaciones extremas, entornos que superan a los protagonistas, fotografía naturalista, etc).

El otro film sería la desgarradora cinta canadiense “Léolo” de Jean-Claude Lauzon, salvando las distancias sobre todo en argumentos. Un film quizás mucho más críptico y onírico y que pertenece a otra vertiente pero que el tratamiento de la madurez precipitada y de la locura vista desde los ojos de un niño es parecido en cuanto a dramatismo y complejidad. También es un film durísimo y que aproxima al espectador a una reflexión.

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Lo que intentaba y consiguió Rossellini con esta y con el resto de sus obras, fue que no parecieran películas propiamente dichas sino un reflejo claro y realista de la sociedad, las cuales no se enmarcan en el estilo documental aún compartiendo múltiples cosas (como el estilo de filmación o el uso de actores no profesionales), pero son tan reales o más que los mismos, a parte que su valor histórico es indudable.

Cine realista, de denuncia histórica, minimalista y sin manierismos: Una obra maestra.


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